Bertolt Brecht, el imprescindible

18 May

20160428_181122En abril de 1948, y después de tres lustros exiliados (“habiendo cambiado más de países que de zapatos”), Brecht y su mujer Helene Weigel volvieron a Berlín oriental. Allí vivieron en varios domicilios hasta que definitivamente se trasladaron a Chausseestrase, 125. Así se lo cuenta el propio Brecht a su editor: “…vivo junto al cementerio francés donde yacen generales hugonotes y Hegel y Fichte. No sin alegría, todas mis ventanas dan a este cementerio que es un parque para mí”.

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La casa se conserva más o menos igual que cuando vivieron los Brecht y visitarla se convierte en una conmovedora experiencia. La planta superior alberga el Archivo Brecht al que constantemente acuden investigadores de todo el mundo, la sombra del dramaturgo es alargada. A cierta distancia de las estanterías de la biblioteca, no permiten acercarse mucho, se distinguen Leaves of Grass de Whitman, The adventures of Augie March de Saul Bellow, libros de Goethe, de Adorno, de Marcuse, El Quijote, la poesía de Hölderlin y, vade retro, las obras completas de Lenin.

Aunque nunca militó en el Sozialistische Einheitspartei Deutschlands (SED), Brecht siempre se consideró comunista en un momento de la historia en el que si se soñaba con cambiar el mundo no cabía ser otra cosa, aunque esto no le disuadió de enfrentarse a las autoridades soviéticas recomendándoles que si las cosas no les iban bien “disolvieran al pueblo y eligieran a otro”. 

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Salón donde se reunía con sus amigos y seguidores: “Desde que vivo tan cerca del teatro, los jóvenes vienen a verme con demasiada frecuencia, como bandadas de cuervos, pero yo lo acepto”. B. B.

Murió el 14 de agosto de 1956, con solo 58 años, por lo que solamente vivió tres en esta casa. Helene, sin embargo, le sobrevivió quince y tras la muerte de su marido siguió dirigiendo obras propias, de Brecht y de otros autores, pero sobre todo fue una excelente actriz. Un mes antes de morir estuvo en París representando algunas funciones con la Berliner Ensemble, compañía fundada por ambos.

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Última máquina en la que escribió Bertolt Brecht, una Lettera 22 de Olivetti.

El cementerio que el dramaturgo y poeta veía desde su ventana, al que consideraba como su jardín pues paseaba por él con Helene, es conocido como el cementerio francés, pero su nombre oficial es Dorotheenstadtische. Aquí yacen Fichte, Hegel, Heinrich Mann, hermano de Thomas Mann, entre otros. Finalmente Brecht y Helene también fueron enterrados aquí por deseo expreso de ambos. 

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Caminando por los senderos de tierra descubrí la tumba de un ilustre filósofo, uno de los más importantes pensadores alemanes de la primera Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, referente ineludible del marxismo y del movimiento hippie. Puede que Brecht y Marcuse se conociesen en el exilio estadounidense, el primero vivió en Santa Mónica y Marcuse dio clases en la universidad de San Diego, hay fotos de él con la inolvidable activista en pro de los derechos de los negros Angela Davis. Para cuando Marcuse fue enterrado aquí ya lo estaban los Brecht.

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2 comentarios to “Bertolt Brecht, el imprescindible”

  1. Mónica L. Soler mayo 20, 2016 a 10:49 am #

    Es muy interesante siempre el viaje por la biblioteca de escritores y artistas. Es evidente que todos, siempre, partimos de los clásicos.

    Le gusta a 1 persona

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