De Quincey llegó tarde a misa

10 Nov
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Thomas De Quincey retratado por John Watson Gordon.

La vida de los escritores abarca una gama amplia de caracteres que van desde los aristocráticos, los cuales necesitan aplausos para cada palabra escrita, y los humildes, que les basta con ejercer el oficio en silencio. Pero si entre estos últimos nos encontramos a alguno que además tiene nueve bocas que alimentar, incluida la de su mujer, pues la cosa se pone realmente difícil, tal como se le puso a Thomas De Quincey a lo largo de su azarosa vida.

Dice Fernando Báez -autor del imprescindible Historia universal de la destrucción de libros- que de De Quincey “Conocemos mucho no porque abunden las biografías sobre él sino porque él mismo se encargó de referirnos todo lo que le pasó por medio de páginas inolvidables que no pueden dejar de leerse sin cierto sentido de culpa”. La culpa es por no haberlas leído antes. En mi descargo debo decir que, por gran suerte, leí Del asesinato considerado como una de las bellas artes en la adolescencia y me dejó bastante tocado, quizá no me haya recuperado aun. De ese libro extraigo el título de este post cuando viene a decir, resumiendo, que se empieza cometiendo un asesinato y se acaba llegando tarde a misa.

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De Quincey influyó en muchos autores: Allan Poe, Baudelaire, Andre Breton o Borges.

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Otro de los memorables libros de De Quincey. Este sobre Kant tenía especialmente subyugado a Borges.

Como casi todos los yonquis de la época, Thomas se hizo adicto al opio para contrarrestar los terribles y persistentes dolores de muelas que sufría. Lo que no le impidió casarse, tener hijos y escribir innumerables artículos de prensa, ensayos y decenas libros (muchos de ellos se quedaron sin publicar), además de huir permanentemente de sus acreedores, cambiar de ciudad y visitar la cárcel. Todo para mantener la adicción y alimentar a su extensa prole, pues aunque rico heredero la fortuna familiar desapareció. Y aquí sería adecuado citar a Dante cuando dejó escrito que “Cada uno se reviste de la llama en la que arde”.

Si queréis abundar en su hechos y andanzas, en su caótica biografía, hay varias opciones muy recomendables, como leer lo que él mismo contó con profusión, especialmente en Confesiones de un inglés comedor de opio. También se puede acudir al tan riguroso como escueto texto del citado escritor venezolano Fernando Báez en https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero23/quincey.html. Otra opción, más simpática y perversa a la vez, podría ser echarle un vistazo a las conjeturas del mini libro de la claustrofóbica Fleur Jaeggy editado en Alpha Decay.

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Durante toda su vida, De Quincey disfrutó de una mala salud de hierro y siempre fue considerado “un buen enfermo”. Murió en Edimburgo en las primeras horas del 8 de diciembre de 1859 y, según dice Jaeggy, “Tenía setenta y cuatro años y parecía un chico de catorce”, paradójicos y sorprendentes milagros del opio, añado. Thomas hace un pequeño paseo por este blog porque traigo las fotos de su tumba en el cementerio edimburgués que rodea The Parish Church of St Cuthbert (en la esquina entre Lothian Road y Princess Street). Tuve que preguntar por ella porque no había ni un maldito indicador que la ubicase y para colmo este camposanto lindaba con otro igual de antiguo, lo que me llevó a confusión. Así que tras preguntarle al sacristán, a la sacristana y, en democrática asamblea, pulsar la opinión de una decena de fieles que se hallaban reunidos tras el oficio matutino, finalmente apareció el párroco y nos indicó el lugar exacto con una expresiva sonrisa entre irónica y diabólica. Pero la ironía, de la que tanto se sirvió De Quincey en vida, siguió manifestándose cuando vimos su estela funeraria.

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Se puede leer que nació en Greenhay cerca de Manchester*. Fijaos en el asterisco que algún espontáneo ha rayado en la lápida.

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El asterisco corrige que no fue en Greenhay sino “born at Cross Street, Manchester”. En fin: genio y figura hasta en la sepultura.

Por el encanto decimonónico que posee, la belleza romántica que desprende y el insustituible clima de decadentismo que produce, incorporo más imágenes de este pequeño cementerio donde yace De Quincey. Considerad estos enterramientos como pertenecientes a los comprensivos vecinos del viejo y pequeño comedor de opio que fue reticente a pagar sus deudas pero siempre llegó tarde a misa.

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4 comentarios to “De Quincey llegó tarde a misa”

  1. Mónica L. Soler noviembre 10, 2015 a 11:00 am #

    De Quincey, “en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos…” Borges fue un gran fagocitador de este viajero de las letras. En su relato “Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos” (en Biblioteca personal) deja escrito que a nadie le debe tantas horas de felicidad personal. De su obra decía que aunaba el goce intelectual y el goce estético. Obviamente me hizo llegar hasta él. Siempre me ha causado gran curiosidad su literatura y como personaje, no me encaja su contenido literario con su vida real. Así que indiscutiblemente el opio tuvo mucho que ver en su alter ego literario.
    Ya no nos duelen las muelas como antes.

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    • luisoj noviembre 10, 2015 a 11:12 am #

      Pero no estaría mal llevar un asterisco sobre la cabeza.

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  2. joseluis817 noviembre 10, 2015 a 11:50 am #

    Encantador artículo, y más en estos días en que asistimos a la grandiosa fumata.

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  3. luisoj noviembre 10, 2015 a 12:14 pm #

    Fumata para todos. Gran quemada urbi et orbi.

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