El último poeta que montó regularmente a caballo

13 Oct

Edinburgh Spanish film festival 2 en bajaInvitado por el Departamento de Lenguas Hispánicas de la Universidad de Edimburgo y formando parte de la programación del Spanish Film Festival de la capital escocesa, leí esta conferencia el pasado 5 de octubre de 2015 antes de la proyección del documental Veinticinco años después de la muerte de Jaime Gil de Biedma. Asistieron alumnos y profesores de la universidad que se mostraron muy interesados en la obra del poeta barcelonés, también estuvo el Cónsul General de España, Miguel Utray Delgado.

FOTO LUIS G. CABECERA

Esta conferencia es para Carmen Balcells

Intentaré  acercarles a la figura y a la obra literaria de Gil de Biedma, pero no podré contarles todo sobre él porque, aunque murió con sólo sesenta años, fue protagonista de una vida tan intensa que se hace imposible abarcarla del todo. No seguiré un orden estrictamente cronológico, daré saltos en el tiempo, y en los contenidos iré de la vida a la obra y viceversa. Será de forma fragmentada y torpe, no lo duden, porque no soy ningún especialista en poesía ni en biografías. Puedo decirles que de joven leí por primera vez la poesía de Jaime y me deslumbró tanto como Una temporada en el infierno de Rimbaud o Las flores del mal de Baudelaire. Por desgracia no tuve la oportunidad de conocerle personalmente, ni siquiera verle, pues el único día que fui consciente de poder hacerlo, en lugar de acudir a su última lectura de poemas en la Residencia de Estudiantes de Madrid, me fui a un concierto de David Bowie. Espero que el poeta haya sabido perdonármelo, todavía le leo pero también estoy muy atento a lo que hace Bowie.

Jaime Gil de Biedma y Alba nació en Barcelona en el año 1929. Pertenecía a una familia de honda raigambre castellana, de economía poderosa y también de cierta aristocracia, era nieto del Conde de Sepúlveda. Su padre fue director ejecutivo de la Compañía de Tabacos de Filipinas, una de las primeras empresas multinacionales que se fundaron en España. Cuando el poeta tenía sólo ocho años su familia volvió a Castilla, exactamente a Nava de la Asunción, un pueblo de la provincia de Segovia. El 18 de julio de 1936 varios generales fascistas del ejército declararon la guerra al gobierno español y cuando las cosas vinieron mal dadas Luis Gil de Biedma, padre de Jaime, decidió refugiarse con la familia en la casona que poseían en Nava, la llamada Casa del caño. Años más tarde, Jaime Gil escribió un poema sobre su propia infancia que tituló Intento formular mi experiencia de la guerra, comienza así:

Fueron, posiblemente,

los años más felices de mi vida,

y no es extraño, puesto que a fin de cuentas

no tenía los diez.

Y en otro poema en que se refiriere a Nava de la Asunción la define de esta manera:

Un pequeño rincón en el mapa de España

que me sé de memoria, porque fue mi reino.

A través de su madre, María Luisa Alba Delibes, el poeta estaba emparentado con el escritor Miguel Delibes y su abuelo materno era el dirigente liberal don Santiago Alba Bonifaz, diputado y ministro de varias carteras durante el reinado de Alfonso XIII. Cuando, tras el golpe de estado, Franco ganó la guerra hubo de irse al exilio y volvió en 1945, nuestro poeta adoraba a su abuelo. Su madre, por tanto, era de familia liberal y había vivido temporadas en Reino Unido. Por el contrario su padre, Luis Gil de Biedma Becerril, pertenecía a una familia conservadora. Esta boda fue muy comentada y mirada con malos ojos por la sociedad más carca de entonces. Jaime siempre fue consciente de que formaba parte de una clase privilegiada en un país destruido y empobrecido, donde el ejército, la iglesia católica y algunas escogidas familias burguesas eran los únicos que ostentaban el poder y poseían patrimonio, el resto de los españoles trabajaban como esclavos para algún terrateniente, pasaban hambre o comerciaban en el mercado negro en busca de algo para subsistir. Pero también sabía Jaime que su espacio natural, al que pertenecía por posición social, era el bando de los vencedores de la guerra. De hecho, él mismo escribió ser “señorito de nacimiento” y que se avergonzaba “de los palos que no le habían dado”. Estas son palabras suyas en las que se excusa: “Yo nací, perdonadme, en la época de la pérgola y el tenis”.

De vuelta a Barcelona, y muchos años después de finalizar la guerra, Jaime se matricula en Derecho en la Universidad. Entonces todo “señorito de nacimiento” estudiaba leyes, aunque él se planteó estudiar filosofía pero a esa formación académica, no se sabe por qué, sólo accedían curas y monjas en la España franquista. Lo que en un principio eligió para satisfacer a la familia, especialmente a su padre, se convirtió en su escuela de vida. Pues fue en la Facultad de Derecho donde conoció a un grupo de amigos que luego se convertirían en la inteligencia del país. Entre ellos destacan Alberto Oliart, Carlos Barral, Mariano Castells, Antonio de Senillosa y otros más. Años después, muchos de ellos fueron editores, poetas, novelistas, ministros, senadores, etcétera. De Jaime dicen que acudía a la facultad vestido elegantemente con su traje, gemelos en los puños de la camisa, pañuelo colocado en el bolsillo y prendedor de oro en la corbata.

Pero, quizá, la más intensa amistad intelectual la fraguó con Carlos Barral, un hijo de la alta burguesía catalana que más tarde fue poeta, memorialista, senador y uno de los más avanzados editores europeos. Asimismo cultivó una amistad más profunda, si cabe, con Gabriel Ferrater, el poeta catalán que siendo joven prometió suicidarse a los cincuenta años y así lo hizo. Con ellos dos, Jaime se bebería un Mediterráneo entero de ginebra y whisky, pero también compartió sus ilimitados conocimientos literarios y su amor por la poesía de todos los tiempos. El escritor Félix de Azúa me confesó un día que de aquel grupo, los dos más cultos e inteligentes eran Jaime y Gabriel, pero que este último nunca quiso pagar los impuestos que exige la vida.  Para que se hagan una idea de la animosidad literaria de Ferrater, que era poeta, lingüista y traductor, les diré que dos años antes de llevar a cabo su proyectado suicidio aprendió polaco con la única intención de traducir al español la obra del raro escritor Witold Gombrowicz. “Una máquina mental perfecta” decía Barral de Ferrater.

Como vemos, Jaime comenzó con menos de veinte años a rodearse de amigos intelectuales con los que luego formaría lo que la académica de la Lengua Española, Carme Riera, denominó La Escuela de Barcelona. Todos ellos eran o se pretendían de izquierdas, muchos entraron a militar en las filas del Partido Comunista, en una época en que esa era la única manera de posicionarse contra la dictadura franquista. Pensaban que el partido era el lugar común donde aunar fuerzas para conseguir la ansiada libertad y democracia, de las que España y ellos mismos estaban tan necesitados. Es paradójico y a la vez obsceno que cuando solicitó el ingreso en las filas comunistas, al concienciado poeta Gil de Biedma le fuese negada la entrada por ser homosexual. Dice la leyenda, y está escrito en varios sitios, que el responsable de esta sangrante negativa fue el intelectual marxista Manuel Sacristán, porque a un homosexual es más fácil engatusarle, chantajearle y sacarle información que a un heterosexual. Gil de Biedma sufrió muchísimo con esta arbitraria e injusta decisión. Pero ¿qué podía esperarse del centralismo democrático de un partido que defendía la ideología leninista, la represión estalinista y la homofobia?

Volvamos a la literatura. Así cuenta su primer acercamiento a la escritura: “Yo empecé a escribir poemas a los diecinueve años. Una noche andaba con unas copas de más y descubrí que tenía un poema en la cabeza, me vino de mi lectura de los Poemas del cante jondo de Federico García Lorca. Y lo escribí. A partir de entonces, descubrí lo que descubre un muchacho de esa edad: que escribir poemas -sean buenos o malos- sirve para algo y cumple una función dentro de la economía de la vida interior de uno”. Sus primeros poemas eran de denuncia política y pertenecían estilísticamente a la llamada poesía social. Pero Jaime, y junto a él sus amigos, no quería hacer exactamente ese tipo de poesía realista. Y hay una razón muy determinante, la generación de poetas inmediatamente anterior era de extracción social humilde y ellos podían hablar con experiencia y claridad de la injusticia social, la falta de libertades y el yugo represor de la religión. Sin embargo, Gil de Biedma, Barral, los Goytisolo y demás compañeros de viaje pertenecían al bando de los vencedores y tenían que impostar la voz en sus poemas para ejercer el realismo social que exigían los contenidos de aquella tendencia poética. James Vallender, especialista en poesía española del XX y, por tanto, en la de Jaime Gil, sostiene que: “A Gil de Biedma la poesía social en boga en los años cincuenta le resultaba, aunque políticamente bienintencionada, de escaso interés poético. Limitación gravísima para alguien que, cómo él, pretendía escribir unos cuantos poemas que, por su construcción perfecta, resistieran el paso del tiempo”.

También comentaba Félix de Azúa, que le conoció muchísimo a pesar de ser quince años más joven que él, que no era excesivamente culto en el sentido de que no le interesaban las artes plásticas, la filosofía, la historia, apenas la música. Pero de poesía y literatura era de las mentes más preclaras que había conocido y uno de los poetas de mayor formación. Yo creo que algo de mitología también debería saber, pues cuando ya estaba muy bebido con sus amigos una de sus aficiones favoritas era fundar nuevas religiones.

Al margen de la formación universitaria a la que hemos aludido, Gil de Biedma realizó por su cuenta una intensa inmersión en la poesía española remontándose hasta el poeta del siglo XV, Jorge Manrique. Asimismo se sumergió en la lectura de los clásicos como Anaximandro, Catulo, Horacio… y en la poesía francesa de Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Éluard, etc… Hasta que recaló en los poetas de lengua inglesa como Byron, Wordsworth, Browning, Eliot, Spender y Auden. Los críticos y estudiosos de su obra afirman que su poesía está en permanente diálogo con estos últimos, y que gracias a ellos pudo crear un marco de trabajo donde formular la suya propia. Otros sostienen que rescató la escasa herencia de Romanticismo que existe en la poesía española desde Larra, Unamuno, Cernuda hasta llegar a él mismo, dejando a un lado los presupuestos simbolistas de la poesía francesa. También argumentan que la lectura que hizo de The Poetry of experience de Robert Langbaum fue fundamental a la hora de enfrentarse a la construcción de sus poemas, y que se constituyó en un punto de inflexión en su obra situándole en un espacio poético donde pudo desarrollar sus inquietudes creativas con más afinidad y solvencia.

Jaime estuvo viviendo en Oxford durante seis meses, visitó a Paco Mayans y al primer director de la legendaria Residencia de Estudiantes el malagueño Jiménez Fraud y a su mujer Natalia Cossío. Tres importantes intelectuales españoles en el exilio a los que él admiraba mucho. Pero sobre todo fue allí donde contactó con la poesía escrita en inglés y eso fue un flechazo del que nunca pudo ni quiso desembarazarse. Thomas Hardy, Yeats, Spender, Eliot, Auden, y otros poetas británicos como ya hemos dicho antes, pero además también leyó a otros más antiguos como John Donne o Matthew Arnold, además de baladas medievales anónimas y por supuesto a Shakespeare. Estas lecturas le iluminaron el camino para emprender su corto pero intenso recorrido lírico. La mejor poesía de Gil de Biedma transpira, sin duda, un britanismo que ningún poeta español posee ni ha soñado con poseer jamás. Por eso creo que el hecho de estar hoy en Edimburgo hablando de él y de su obra ante ustedes es una de las cosas que verdaderamente le habría gustado. Creo que Gil de Biedma puede acometer la escritura de un poema de corte horaciano o jugar al juego de hacer versos, como él mismo decía, con las múltiples referencias acumuladas en sus vastas lecturas. Puede, por tanto, tender un fino hilo que va desde el El desdichado de Nerval a través de La tierra baldía de Eliot para llevarlo hasta su poema Príncipe de Aquitania en su torre abolida, que si me permiten voy a leerles:

Una clara conciencia de lo que ha perdido,

es lo que le consuela. Se levanta

cada mañana a fallecer, discurre por estancias en donde sordamente duele el tiempo

que se detuvo, la herida mal cerrada.

Dura en ningún lugar este otro mundo,

y vuelve por la noche en las paradas

del sueño fatigoso… Reino suyo

dorado, cuántas veces

por él pregunta en la mitad del día,

con el temor de olvidar algo!

Las horas, largo viaje desabrido.

La historia es un instante preferido,

un tesoro en imágenes, que él guarda

para su necesaria consulta con la muerte.

Y el final de la historia es esta pausa.

Gil de Biedma mantuvo hasta la saciedad que sus temas poéticos más recurrentes eran él mismo y el paso del tiempo. Hay que reconocer que nadie como él apartó el sentimiento de vergüenza para indagar sin miedo dentro de sí, e imprimir a esa introspección la suficiente universalidad como para que los lectores la sintamos propia. Pero, además, su poesía es hospitalaria y nos recibe como a un igual porque se filtra en nuestro monólogo interior para formar parte de él. Sin olvidar que sus versos atraen al lector para acorralarlo y ponerlo contra las cuerdas, demostrándole que este tiempo ya no es tiempo para la gran poesía, en todo caso lo es para la buena poesía. Por esa razón se desmarcó Jaime de sus contemporáneos, y porque llevó a cabo una inteligente gestión de sus propios límites poéticos. Su obra nunca es lirismo gratuito sino un juego de tensiones múltiples entre la realidad y el deseo, entre el exterior y el interior: del hedonismo a las grandes ideas filosóficas. A partir de ahí, el poeta crea una realidad que muchos lectores interpretan como biográfica y no lo es. Llevar a cabo este ejercicio de introspección y proyección es impensable sin la construcción de una voz, de una máscara, o varias, de las que el poeta se sirve para hablarnos y hablarse a sí mismo. No olvidemos que persona en latín significa máscara.

Sus poemas también han sido denominados como conversacionales, pero la mayoría de ellos le habla al que los escribe. Lo que el propio Langbaum llamó el monólogo dramático. Y la mejor muestra de esto último es el poema Contra Jaime Gil de Biedma que inicia una nueva vía en la escritura poética del siglo XX. Sólo les leeré el primer movimiento:

De qué sirve quisiera yo saber, cambiar de piso,

dejar atrás un sótano más negro

que mi reputación -y ya es decir-,

poner visillos blancos, tomar criada,

renunciar a la vida de bohemio,

si vienes luego tú, pelmazo,

embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,

zángano de colmena, inútil, cacaseno,

con tus manos lavadas,

a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Este poema deben leerlo ustedes, especialmente los estudiantes de español, no sólo para aprender insultos en la lengua de Cervantes, sino por la exactitud en la utilización de las palabras, la perfecta construcción y el seductor fraseo. Pero sobre todo porque es una lección de inteligencia moral que sólo un hombre que ajusta cuentas consigo mismo puede llegar a escribir con la hondura que lo hizo nuestro poeta.

Tras su breve estancia en tierras británicas Jaime vuelve a España y se incorpora a trabajar en un despacho de abogados y después en la compañía de su padre, Tabacos de Filipinas. Este trabajo lo realizó toda la vida formando parte del consejo de administración y le llevó a hacer  múltiples viajes internacionales, especialmente a Manila en Filipinas. Allí la compañía poseía grandes plantaciones de tabaco que se manufacturaban para su venta internacional. Con el paso del tiempo, Jaime conoció todos los entresijos financieros, comerciales y humanos de la empresa. Prácticamente se convirtió en imprescindible para el funcionamiento de la misma. En 1978, siendo Manuel Meler director de la Compañía, llegó a decir que confiaba más en Jaime que en nadie “porque su cerebro lo abarcaba todo”. Muchos de los amigos del poeta resaltan que del grupo él era el que tenía mayor sentido práctico con respecto a la vida y al dinero, que era cumplidor en el trabajo y muy responsable en su cargo de ejecutivo. Los viajes a Manila tenían una duración de meses, lo que le producía un aburrimiento geológico pero, a la vez, le permitió conocer las islas que le  inspiraron poemas y parte de sus diarios, en especial aquel memorable capítulo titulado Las islas de Circe. Ahí cuenta escenas del trabajo en las factorías de la empresa y sus relaciones con la colonia extranjera en Manila, que eran prácticamente nulas. Y podemos asistir al sentimiento de clase privilegiada que nunca le abandonó y que provocaba en él un terrible malestar cuando contemplaba la extrema pobreza de las ciudades y pueblos filipinos. También constató en sus diarios su bajada a los infiernos sexuales de un país del tercer mundo donde la prostitución era moneda de cambio corriente con cualquier extranjero, fuese del género que fuese y buscase lo que buscase. Allí también trabó amistad con artistas locales como el pintor Fred Aguilar, que le hizo un retrato que en la actualidad preside el despacho de su amigo el escritor Juan Marsé en Barcelona. Muy a su pesar, Jaime se alimentó física y espiritualmente de esas estancias filipinas, lo que le influyó de manera determinante, así como de sus viajes a Norteamérica y al resto de Europa.

Hace unos meses Malcolm Otero Barral, nieto del poeta y editor, me dijo que Andreu Jaume está preparando la edición de unos diarios que nunca se han publicado. Lo cual es posible porque, antes de su reciente fallecimiento, Carmen Balcells, la albacea literaria del poeta, así lo habrá decidido. Los seguidores de Gil de Biedma volvemos a frotarnos las manos ante una nueva entrega de su obra.

De la sexualidad de Jaime se ha escrito y dicho de todo. Incluso se llegó a realizar una película biográfica que la considero bastante mala y tiene momentos francamente patéticos. Su larga lista de amores oficiales también ha sido constatada y divulgada. De sus amantes y accidentes sexuales se ha llegado hasta escribir un libro específico firmado por el poeta Luis Antonio de Villena, en la biografía de Miguel Dalmau se da buena cuenta de todo asunto de esa índole y hasta su sobrina Esperanza Aguirre habló con ligereza de ello. Podemos decir que la vida privada de Gil de Biedma ha sido suficientemente analizada y aireada como para que aquí volvamos a hacerlo de nuevo. Joseph Beuys decía que el silencio de Marcel Duchamp estaba sobrevalorado, pienso que podríamos aplicar la misma idea a Jaime, también su vida sexual está sobrevalorada.  

Pero si el poeta escribió un verdadero manifiesto amoroso, donde indaga sin trampas ni engaños las dificultades que entrañan las relaciones, ese es Pandémica y celeste. Un poema de largo alcance, que él mismo reconoció no haber medido bien el número de versos pues se le escapó de las manos y creció más de lo previsto. Además confesó que es el que más tiempo tardó en componer. Hay que decir que el poeta construía su obra en la cabeza y hasta que no lo tenía lo suficientemente claro no ponía los versos sobre papel. Y aún así, seguía dándole vueltas hasta encontrar la versión definitiva. El soberbio título Pandémica y celeste alude a las dos posibilidades eróticas que propone la diosa Venus. La seducción del físico es pandémica, más vulgar y sexualmente prolífica. Y la celeste, la que seduce desde la inteligencia y el alma y ofrece un amor leal, amor en confianza. Podríamos decir que este poema se mueve entre dos aguas, las quietas de la lealtad amorosa y las más agitadas de la promiscuidad sexual.

Me siento incapaz de leerles Pandémica y celeste, creo que hay que tener un gran dominio de la respiración y saber ajustar la exacta dicción para afrontar su larga y matizada lectura, además de mantener el timbre de voz en perfectas condiciones. Sólo me atreveré con los demoledores primeros versos:

Imagínate ahora que tú y yo

muy tarde ya en la noche

hablemos hombre a hombre,  finalmente.

Imagínatelo,

en una de esas noches memorables

de rara comunión, con la botella

medio vacía, los ceniceros sucios,

y después de agotado el tema de la vida.

Que te voy a enseñar un corazón,

un corazón infiel,

desnudo de cintura para abajo,

Hipócrita lector ‘-mon semblabe, -mon frère!’.

Y de esta manera prosigue un discurso amoroso que profundiza sin descanso y sin pudor en la propia experiencia, hasta llegar a los últimos versos que cierran uno de los poemas de amor más intensos que jamás se ha escrito en la historia de la literatura. Pandémica y celeste acaba de esta manera:

Sobre su piel borrosa,

cuando pasen más años y al final estemos,

quiero aplastar los labios invocando

la imagen de su cuerpo

y de todos los cuerpos que una vez amé

aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.

Para pedir la fuerza de poder vivir

sin belleza, sin fuerza y sin deseo,

mientras seguimos juntos

hasta morir en paz, los dos,

como dicen que mueren los que han amado mucho.

Podemos ver que gran parte de su poesía, y en especial este poema, no se entiende sin un ilimitado desbordamiento de la intimidad.

Retornamos al pasado, a aquella Barcelona franquista a la que volvió el poeta con nueve años después de que finalizase la guerra civil. Jaime tuvo seis hermanos, pero podían haber sido siete pues uno de ellos murió, justo el que nació antes que él. Murió el mismo año que nació Jaime, y su ama Modesta, a la que tan dulcemente retrata en sus diarios, siempre se refería como el otro Jaimito. Al igual que Dalí y otros grandes creadores a los que les antecedieron hermanos muertos, a Jaime lo bautizaron con el mismo nombre que al desparecido, cuya sombra le acompañará a lo largo de su existencia. Él mismo cuenta cómo le afectó este hecho en una entrevista con el escritor uruguayo Danubio Torres Fierro: “Influyó en mi en el sentido de una sensación de carencia de identidad. Recuerdo estar a los 15 años en un guateque de chicos burgueses, mirar a un espejo de la sala y descubrir que reflejaba a todo el mundo menos a mí, que no tenía cara. Y eso se acompañaba de un mito que es muy profundo en mí: la búsqueda del hermano”. No quisiera jugar aquí al fácil psicoanálisis freudiano, que tanto rechazaba nuestro poeta, pero parece claro que esa búsqueda de la identidad le llevó al encuentro de varias identidades, aquellas que utilizaba para afrontar la escritura de sus poemas.

Una de las facetas más ilustrativas de cómo era Jaime Gil en la privacidad de su círculo de amigos era la de conversador. Desde pequeño en la casa familiar no se conocía el aburrimiento, su padre era un señor de derechas muy divertido que tocaba el piano y cantaba canciones, y junto a su mujer eran dos grandes contadores de historias. El poeta recuerda que la conversación en familia se realizaba diariamente para conseguir un efecto estético, como una manera de deslumbrar a los interlocutores. Esa afición por la conversación brillante, cargada de tintes intelectuales y mundanos, de humor y mordacidad, la mantuvo Jaime a lo largo de su vida y la puso en práctica con sus compañeros poetas. Él mismo cuenta que cuando Barral se casó, y la mayoría del círculo de amigos aun vivía en casa de los padres, iban a las 6 de la tarde a casa de Barral en la calle San Elías y no terminaban hasta altas horas de la madrugada. Carme Riera lo cuenta así: “… allí se pasó revista a las relaciones mantenidas en el grupo de Bloombsbury, se opinó sobre Lou-Andreas Salomé, se discutió sobre los variopintos editoriales de Léon Daudet en Action Française… Se comentaron lecturas del Romanticismo alemán a los poetas victorianos. Se teorizó sobre procedimientos estilísticos y formales, sobre la expresión poética, los problemas de la comunicación y la poesía, lo que dio lugar a la polémica entre los partidarios de la poesía como comunicación o como conocimiento, y se polemizó sobre la naturaleza de los lenguajes artísticos”. Y como ya hemos dicho antes: se fundaban nuevas religiones. En 2002 se publicó un libro, editado y prologado por el profesor Javier Pérez Escohotado, en el que bajo el título de Jaime Gil de Biedma. Conversaciones podemos presenciar la capacidad dialéctica del poeta y el valor que prestaba al coloquio, ya sea entre amigos o en las entrevistas con la prensa especializada. Este libro ilumina esa parte de su vida intelectual que se ha perdido por razones obvias. Tras leerlo, podemos decir que la conversación era una prolongación de su actividad literaria.

Pero esa alta cultura, esa conversaciones que sorprendían a los intelectuales de Madrid que consideraban unos esnobs a los barceloneses, también iban acompañadas de una amistad profunda, de amor fraternal. Jaime denominó esta amistad con los Barral, Gabriel y Joan Ferrater, Luis Marquesán… como “la felicidad vicaria”, y siempre quiso escribir un poema sobre la felicidad de los demás que uno hace propia. El grupo de amigos siempre se autodenominaban como partidarios de la felicidad, que en la España gris y antidemocrática no era decir poco. La acertada expresión partidarios de la felicidad está en un verso del poema de Jaime titulado Canción de aniversario. Yvonne Barral, la esposa del editor, lo recordaba así en la biografía del poeta escrita por Dalmau: “Era la amistad pura. Éramos `les compagnons´. No he vuelto a tener una sensación de amistad igual en mi vida. En el caso de Jaime, yo creo que tenía problemas con la familia y la sociedad. Y nosotros éramos totalmente libres, sanos, y él se sentía acompañado”. Él se sentía acompañado y querido fuera del círculo familiar. Pero Jaime respetaba a sus padres y podríamos decir que mantenía una doble vida. Estas son sus palabras al respecto: “Hubo un período que abarcó muchos años (unos diez o doce) en el que viví una especie de sensación de esquizofrenia controlada. Por un lado estaba mi vida social y mi trabajo, y por otro, los amigos y mi oficio de poeta”. A la muerte de su padre, Jaime escribió este tan breve como doloroso poema. Lo tituló con un verso de Don Juan Tenorio de Zorrilla: Son pláticas de familia, y dice así:

Qué me agradeces, padre, acompañándome

con esta confianza

que entre los dos ha creado tu muerte?

No puedes darme nada. No puedo darte nada,

y por eso me entiendes.

Cambiamos de tema. No sé si ustedes conocerán el relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente. Les diré brevemente que trata de un oficinista que ante las demandas de su jefe se niega a trabajar. Siempre que es requerido para que lleve a cabo cualquier actividad, responde con esta memorable frase que ya pertenece al bagaje universal: “Preferiría no hacerlo”. El escritor español Enrique Vila-Matas escribió en el año 2000 un maravilloso libro sobre artistas sin obra, sobre escritores ágrafos o aquellos que, llegado un determinado momento, dejaron la escritura, se titula Bartleby y compañía. Jaime Gil de Biedma es uno de los escritores que llegaron a decir: “Preferiría no hacerlo”; él publicó poco más de un centenar de poemas. Podríamos decir que al igual que Rimbaud o Salinger, por poner sólo dos ejemplos de bartlebys, posee una obra breve pero intensa. 

Samuel Beckett dijo que hasta las palabras nos abandonan y nuestro poeta sostuvo en más de una ocasión que lo normal es no escribir. Tal vez su excesiva destreza le hizo renunciar a la escritura. Voy a leerles una cita suya que rescata Vila-Matas. “Quizá hubiera debido decir algo más sobre eso. Mucha gente me lo pregunta, yo me lo pregunto. Y preguntarme por qué no escribo, inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante ¿por qué escribí? Al fin y al cabo lo normal es leer. Mis respuestas favoritas son dos. Una, que mi poesía consistió -sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba. Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema. Y en parte, en mala parte, lo he conseguido; como cualquier poema medianamente bien hecho, ahora carezco de libertad interior, soy todo necesidad y sumisión interna a ese atormentado tirano, a ese Big Brother insomne, omnisciente y ubicuo: Yo. Mitad Calibán, mitad Narciso, le temo sobre todo cuando le escucho interrogarme junto a un balcón abierto “¿Qué hace un muchacho como tú en un año indiferente como este? All the rest is silence”. Fin de la cita.

Según escribe en un ensayo el nerocientífico Giovanni Frazetto, desde mediados del siglo XVII existe una expresión en lengua inglesa que se usa para el abatimiento, el desaliento, el desánimo o la decepción. Esta es “down in the mouth”, una frase hecha que naturalmente no existe en español. Quizá, para que lo entiendan mejor, podamos aplicarla a ese abandono que Gil de Biedma llevó a cabo. Un abandono propiciado por el desaliento, el desánimo o la decepción de la escritura poética.

Hemos visto que el poeta también escribió diarios. A ellos hay que añadirles sus ensayos literarios que se compilaron en El pie de la letra donde hizo espléndidas y originales críticas a Ezra Pound, Juan Gil-Albert, Eliot, Espronceda, Chéjov, Byron, Cernuda, Barral, Robbe-Grillet, Baudelaire y Jorge Guillén entre otros. También fue traductor de Bertolt Brecht, Auden, Spender, Georges Brassens… Pero de su prosa, en mi opinión, resalta su epistolario. Jaime vivió en una época en que las cartas escritas a mano -o en muchas ocasiones dictadas a su secretaria- servían para hacer filosofía mundana, crítica literaria, mantener discusiones sobre cómo construir un poema, desentrañar los vericuetos de la política nacional e internacional o profundizar la amistad con los destinatarios. Jaime fue autor de una extensa cantidad de cartas que el editor Andreu Jaume seleccionó y ordenó cronológicamente para la editorial Lumen con el título El argumento de la obra, que es un verso de Jaime extraído de una obra de su querido Shakespeare. Este libro es una de las lecturas más apropiadas para asistir a la evolución de su pensamiento, de la literatura y de un país como España, todo visto desde una de las miradas más inteligentes y perspicaces.

Un día Jaime fue a visitar a Carlos Barral al despacho de su editorial y como tenía el privilegio de entrar sin llamar, allí encontró al editor y a un hombre de aspecto joven, tosco pero atractivo. Jaime percibió que la conversación estaba acabada y que Barral se puso a hablar por teléfono, e invitó al hombre a tomar una copa. Esta fue la primera copa de las miles que se bebería junto con este hombre, que no era otro que el novelista y Premio Cervantes Juan Marsé. Este fue el comienzo de una larga amistad entre un joyero con ambiciones literarias, de familia pobre y miembro del bando perdedor de la guerra, y de un señorito aristócrata y ejecutivo, ya reconocido poeta. Esta relación acabó cuando murió Jaime pues fue Marsé, su mujer Joaquina y su novio el actor Pep Madern quienes cuidaron de él hasta el último de sus días. Marsé está presente en la obra de Gil de Biedma y éste influyó en el novelista de manera determinante. Incluso se llegó a decir que la novela Últimas tardes con Teresa, una de las más importantes de Marsé, fue coescrita con Jaime. Él siempre dijo que eso es imposible sino estaría cobrando los jugosos derechos que generan las constantes ediciones de la novela. La verdad es que Jaime influyó en muchos poetas y escritores porque su magisterio fue grande e intenso. Juan Marsé también ha desmentido este extremo de autoría compartida y queda claro en la biografía que sobre él ha escrito Josep María Cuenca.

Gil de Biedma dedicó a Marsé un potentísimo y seco poema titulado Noche triste de octubre, 1959. Pero también Marsé es un personaje que habita en una de las poesías más extrañas que se hayan escrito jamás. Diríamos que es un poema único para su tiempo y para la historia de la lírica. Me refiero a Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, que transcurre en la casa familiar de Nava de la Asunción, donde Jaime invitó tantas veces a los amigos a pasar temporadas huyendo del fragor de Barcelona. Este poema inaugura una manera novísima de posicionarse en la experiencia poética, de construir el yo en el relato. Un yo muerto, desparecido. Durante la lectura nos parece que esa voz está entre nosotros pero es, sin duda, el monólogo dramático de un muerto. En el documental que hemos realizado, casi al final, el escritor Félix de Azúa habla de la “mirada del muerto”. Una mirada que desnuda de toda función práctica las cosas que observamos. Esta idea proviene de una cita de Wittgenstein en la que el filósofo austriaco nos anima a observar el arte con la mirada del muerto. Es la mirada de Gil de Biedma ante este poema que es un monumento a la existencia después de la vida misma. Les leeré dos extractos de Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma:

Vasos de vino blanco

Dejados en la hierba, cerca de la piscina,

Calor bajo los árboles. Y voces

que gritan nombres.

Ángel,

Juan, María Rosa, Marcelino, Joaquina

-Joaquina de pechitos de manzana.

Tú volvías riendo del teléfono

anunciando más gente que venía:

Te recuerdo correr,

la apagada explosión de tu cuerpo en el agua.

 

Y las noches también de libertad completa

en la casa espaciosa, toda para nosotros

lo mismo que un convento abandonado,

Y la nostalgia de puertas secretas,

Aquel correr por las habitaciones,

Buscar en los armarios

Y divertirse en la alternancia

de desnudo y disfraz, desempolvando

batines, botas altas y calzones,

arbitrarias escenas,

viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia, muchacho solitario [….].

Fue un verano feliz:

…“El último verano de nuestra juventud” dijiste a Juan

en Barcelona al regresar

nostálgicos.

Y tenías razón.

Juan Marsé ha confirmado que el Juan que se menciona es él y que Jaime le dijo que aquel verano fue el último de su juventud. Cuando Jaime le leyó este poema a Marsé tenía 36 años y Juan 32. Brindaron con una botella de whisky y Marsé siempre ha dicho que es el mejor poema de Jaime, coincidiendo con la mayoría de los críticos y amigos. A mí me parece un poema maravilloso porque me gusta esa extraña belleza que desprenden las cosas muertas, aunque sea la muerte de la juventud.

Para Jaime, sin embargo, es otro su mejor poema. Un poema breve pero de profunda imaginación moral. Con apenas tres movimientos construye un discurso afilado como un cuchillo, de los más rotundos, sinceros y claros que transmitir se pueda. Con un título igual de rotundo, es el poema más citado, saqueado y recordado de Gil de Biedma y el que, con toda probabilidad, haya memorizado cualquier lector de poesía en español. Un poema que de tantas veces que se ha mencionado, nombrando o no a su autor, ya forma parte del lenguaje social de mi país. Quizá esa sea una de las funciones del poeta, la de construir su propia lengua. El poema lleva por título No volveré a ser joven, y es mejor que lo lean ustedes por su cuenta.

Si rastreamos en la exigua obra de Gil de Biedma encontraremos en más de una ocasión la idea de buscar una casa en la que retirarse. La historia de la literatura ha dado muchos ejemplos de casas de escritores que con el tiempo, o por propia promoción, se han convertido en míticas. Son el caso de Casa come me de Curzio Malaparte, il Vittoriale de Gabriele D´Annunzio, la casa familiar de Flaubert en Ruan o la de Isla Negra de Neruda. Gil de Biedma, más modesto, se hizo con una en el Ampurdán catalán, una de las comarcas más bellas de Europa. Encontró la casa en el pequeño pueblo de Ultramort que puede significar: “más allá de la muerte” y podemos traducir como “buitre muerto” del catalán “voltor mort”, que no se queda corto y es el nombre que alguna vez tuvo el pueblo. Al margen de la sonoridad y el significado del nombre de este lugar, en Ultramort Jaime encontró la casa en la que se retiraba de los excesos de la gran ciudad para ir con amigos o amantes. A esa casa le dedicó Jaime uno de sus poemas más bellos y sinceros. Este es Ultramort:

Una casa desierta que yo amo,

a dos horas de aquí

me sirve de consuelo.

En sus tejas roídas por la hierba

la luna se extenúa,

se duerme el sol del tiempo.

Entre sus muros el silencio existe

que ahora yo imagino

-soñando con vivir

una segunda infancia prolongada

hasta el agotamiento

de ser carnal, feliz.

Me asomaré callado a ver el día,

contento de estar solo

con la vida bastante.    

Encontrar en la cama otro cuerpo,

no más que algunas noches,

será como bañarme.

Jaime murió en Barcelona el 8 de enero de 1990. Nunca olvidaré ese día, hacía mucho frío y me encontraba en un restaurante en Madrid cuando dieron la noticia en el informativo de las 3 pm. Su admirado Auden decía que mientras ocurren las desgracias los demás están comiendo, así fue por lo que a mí respecta. Veinticinco años después de aquel día, Gil de Biedma sigue vivo a través de sus palabras. Hoy, aquí en Edimburgo, gracias a la amable invitación de la universidad por iniciativa del departamento Hispanic Studies, todavía creemos que su poesía representa una de las cumbres de la lengua española y que soporta estoicamente el paso del tiempo. Él nunca fue víctima de la autocomplacencia por el reconocimiento de su obra, no se dejó seducir por los excesivos halagos, verdaderos o falsos, que los tuvo de sobras. Lo único que siempre quiso Jaime Gil de Biedma era que le recordásemos como “el último poeta que montó regularmente a caballo”.

Muchas gracias.

Anuncios

9 comentarios to “El último poeta que montó regularmente a caballo”

  1. joseluis817 octubre 13, 2015 a 11:47 am #

    Estremecedores estos versos.

    Me gusta

  2. Miguel octubre 13, 2015 a 2:46 pm #

    Bravísimo. Luis, que la buena racha de éxitos se prolongue.
    Voy a por los textos de Jaime, de nuevo. Y eso lo consigue tu conferencia. Quieres bucear en los versos que mencionas, que citas, inmediatamente.
    Un indicador potente de la calidad de tu presentación en el encuentro con el alumnado en Edimburgo.
    ¡Sincera enhorabuena!

    Me gusta

    • luisoj octubre 13, 2015 a 4:39 pm #

      Muchas gracias Miguel. Alguno bostezó, otros miraban el reloj.

      Me gusta

  3. iago lópez octubre 13, 2015 a 3:58 pm #

    Enhorabuena, Luis. Es un texto/conferencia excelente.

    Me gusta

  4. molle817 octubre 17, 2015 a 12:10 pm #

    Preciosa conferencia. Gracias por devolvernos un reencuentro con Gil de Biedma. ¿Existirán ahora grupos de literatos tan unidos y tan intensos como aquel? Yo tampoco conocí a Gil de Biedma, pero sí algo de aquel microcosmos a través de Gabriel Ferrater, del que fui amiga en mi juventud, cuando él estaba en sus últimos años de autodestrucción definitiva. Gracias, Luis por este regalo que nos has hecho.

    Me gusta

  5. luisoj octubre 17, 2015 a 12:19 pm #

    Tras Gil de Biedma, Ferrater es el poeta al que siempre hay que volver (In memoriam). Ahora me pillas releyendo “F.” de Justo Navarro (buenísimo, no dejes de leerlo).

    Me gusta

    • molle817 octubre 17, 2015 a 2:10 pm #

      ¿Lees a Gabriel Ferrater? Fuera de Catalunya nunca había conocido a nadie que lo leyese. Ni que supiese casi de su existencia.¿Está traducido al castellano? Tendré que conseguir algo de F. de Justo Navarro. No he leído nada de él. Gracias por tu sugerencia.

      Me gusta

  6. luisoj octubre 17, 2015 a 2:27 pm #

    Está traducido al castellano: “Las mujeres y los días”. Lou Reed hizo una lectura suya (pero en Barcelona) y el Nobel irlandés Seamus Heany es un gran lector suyo y ha escrito sobre él aquí: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/gabriel-ferrater

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: