No me gusta la televisión

2 Sep

20140731_091623“Señorita Herta, no me gusta la televisión”. Esta frase era el latiguillo que soltaba reiteradamente la perrita Marilín en la arcaica Televisión Española. Marilín era un caniche impertinente, un muñeco de mano que la ventrílocua austriaca Herta Frankel manejaba con soltura en el programa infantil Tiovivo en la deprimente España de 1960.

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Herta Frankel y la díscola perrita Marilín, enemiga declarada de la televisión.

He recordado la frase perruna a propósito de la lectura de Hombres fuera de serie de Brett Martin. No me preguntéis por qué han traducido el título original Difficult men (Hombres complejos) de esa manera, debe ser otra ocurrencia más de las despistadas editoriales españolas. Este libro trata de la espléndida época que viven las series dramáticas en las televisiones estadounidenses y, para ello, acomete un concienzudo repaso de Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Mad men, The Wire, Breaking Bad, Nip Tuck, Louie y otras series, y a los autores que han conseguido instituir una tercera edad de oro de la televisión en el mundo, según argumenta el autor. Una edad de oro en la que las verdaderas estrellas son los guionistas, los escritores que imaginan y construyen ásperos mundos habitados por personajes inmorales que no dudan un momento en hacer daño a quién sea si de ello sacan provecho. Series que cuestionan la moral y reivindican a los antihéroes en los que podemos vernos reflejados. Contra lo que ha ocurrido en la audiencia norteamericana, estas series no han triunfado a lo grande en España, pues según la prensa nacional parece que sólo las vemos “gente entre los 20 y 50 años, con cierto nivel intelectual y adquisitivo, y los frikies”. Ahora corresponde citar la famosa frase de David Simon, creador de The Wire y Treme: “Al diablo con el espectador medio”.

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Escena de Mad men, serie que ha influido incluso en las pasarelas de moda de todo el mundo por su ambientación en los años sesenta..

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Elementos principales del atrezzo de la superpremiada Breaking Bad.

No es extraño oír decir, como lo hacen en Hollywood, que el verdadero cine está en estos momentos en las cadenas de la televisión de pago. Pero con la llegada del DVD, ahora casi obsoleto, las descargas desde Internet o los servicios de televisión a la carta hemos descubierto otra manera de ver estas series. Me refiero a la posibilidad de inmersión total en ellas haciendo sesiones domésticas de todos los capítulos que estemos dispuestos a ver en un día. Esta modalidad bien dosificada permite ver buenas películas de cuatro horas o más. Hay otros espectadores, sin embargo, que optan por seguirlas semana tras semana con la dosis de expectación que imponen los canales emisores. La tensión es entonces la propia de los culebrones, las series estándar o  las novelas por entregas del precursor Dickens en Master Humphrey’s Clock en el XIX.

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En esta publicación, Dickens dosificaba sus historias por entregas que mantenian la tensión de los lectores adictos.

La tele cambia, la calidad de los contenidos de ficción va y viene, y ese proceso lo constata el autor de Difficult men analizando épocas concretas de su historia, aunque olvida algunos hitos como la memorable Twin Peaks, que en mi opinión es la que da comienzo a un tipo de serie dramática no convencional. Brett Martin se para especialmente en la figura del showrunner que es quién imagina, escribe y decide qué, cómo, cuándo, dónde, por qué y a quién le ocurre algo en el relato. Es, por tanto, quién manda en la producción, dota de coherencia al relato y la mayoría de las veces aparece como productor ejecutivo en los créditos. Ya era hora de que un simple planificador de medios y del capital inversor haya dejado de ser el productor ejecutivo de las series; a ver cuando el cine toma nota y aparta a los buitres de la producción para dar relevancia al auténtico creador y ejecutor de la ficción en imágenes. Una ficción que tanto le debe a la literatura como al cine y al teatro.

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Martin plantea una genealogía de las televisiones por cable (HBO, AMC, FX Network y otras) norteamericanas que lideraron la nueva ficción televisiva que dejó atrás los estándares narrativos de series vacuas dirigidas al público hogareño (siempre es bueno preguntarse quién diablos es el público hogareño). Este libro narra también los avatares creativos y de orden práctico a los que se enfrentaban hombres complejos como David Chase y su ópera mafioso/familiar The Sopranos; Alan Ball y la inolvidable Six feet under; Matthew Weiner y su Mad Men; el encantador Vince Gilligan y su inefable Breaking Bad y, por último, David Simon y la hiperrealista y comprometida The Wire.

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The Wire, considerada la mejor de todas.

En definitiva, estamos ante una recensión, un tanto incompleta, de las series que han cambiado la forma en que se ha abordado la ficción desde finales de la década de los noventa hasta 2013. Además de escudriñar el nacimiento de las ideas que propiciaron estos relatos audiovisuales por entregas y los avatares de la producción. Los showrunners, escritores, actores, productores y demás canalla televisiva -incluidos los espectadores- son los protagonistas de esta necesaria publicación cuya lectura interesará a los que pasamos de la perrita Marilín porque sí nos gusta la televisión.

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