Las autobiografías de Félix de Azúa

10 Jul

20150128_174443Sin justificación aparente, he tardado más de la cuenta en ponerme a leer la segunda entrega de las autobiografías de Félix de Azúa. Esta es Autobiografía de papel, que complementa a la incomparable Autobiografía sin vida y a la cual le seguirá una tercera cuyo contenido será su propia génesis, ¿el (la) Génesis de Azúa?

En este libro, editado también por Mondadori, el asunto es esencialmente la literatura y los géneros, y como es inevitable en todos sus textos: el lugar que ocupa el hombre en el mundo. Aquí nos cuenta de qué manera ha ido cambiando de género para poder expresar lo que en ese momento pretendía. Pero nos avisa de que, como en la autobiografía anterior, no cuenta su historia sino su caso. Caso cuyas connotaciones son similares a las de su generación de escritores y a la ajustada evolución de la literatura. Todos sabemos de sus comienzos como poeta (Cepo para nutria) y que formó parte de la escudería poética de Carlos Barral – J. M. Castellet. Explica de Azúa que los novísimos fue una idea copiada a Einaudi por Barral y encargada a Castellet, porque este último tenía muy buenas relaciones con la izquierda y los nacionalistas catalanes. Evidente manera de decir que la poesía, como todo, pende de las ideologías dominantes en un tiempo en que parecía haber ideologías y aun no nos encontrábamos en este espacio temporal que Félix denomina como “democracia total”. Llega a contarnos que aunque Vázquez Montalbán y Antonio Martínez Sarrión no se correspondían por generación con el resto de los novísimos, fueron incluidos por izquierdistas aunque poetas: “…estrategia de Castellet para sosegar las iras comunistas”. Al final, la poesía de de Azúa y los novísimos disgustó por igual a la derecha castiza, a la progresía de izquierdas y a quiénes apacentaban a ambas. Lo cual no deja de ser meritorio y admirable en la España de los setenta, y si ocurriera ahora, pues, también. Cómo no.

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Félix de Azúa en su estudio madrileño en septiembre de 2014.

Tras la poesía, los siguientes pasos le llevaron a la novela, el ensayo y el artículo periodístico. Narra esa evolución hasta hacernos creer que, efectivamente, la poesía despareció con la muerte del romanticismo y las vanguardias -últimos estertores de aquél-. Si no era “el lenguaje de Dios antes de crear el mundo” como decía W. Benjamin y “la piedra de toque de toda la literatura del siglo XX”. La novela, sin embargo, no cabe en lo sagrado sino más bien representa lo mundano y es mundana en sí misma, pura mercancía. Félix cita al suicida Gabriel Ferrater cuando dijo que un buen novelista es un poeta que quiere ganar dinero.

La novela lo apartó de su camino porque: “[…] ya no podía seguir escribiendo novelas sobre la negación de la negación y que se había acabado para mí el recurso a una sátira de la sátira o un rechazo del rechazo, y que ya era hora de pasar a otro departamento.” La crítica de entonces sostenía que eran novelas sin personajes ni situaciones, eran de pensamiento. Así que el salto de Félix al ensayo estaba cantado. Me ha gustado mucho la manera en que teoriza sobre su nacimiento y evolución: desde Montaigne y Diderot a Puelles o él mismo. Los excursos sobre Benet o Ferlosio… son para leerlos varias veces. Además, la ironía y la cáustica mordacidad forman parte de su estilo, es rarísimo que no recurra a ellas para potenciar sus análisis y aclarar comentarios.

Situado desde hace tiempo en ese territorio expresivo, el del ensayo, Azúa también colabora con la prensa escrita como articulista y ha llegado a tener un blog activo que ahora malduerme virtualmente, pues apenas se actualiza con la intensidad que tuvo, entre 2005 y 2006, en El Boomerang. Esas colaboraciones son siempre, para su lectores, las espléndidas migajas que consumimos entre libro y libro. El autor mantiene que el periodismo es, además de literatura, “el medio cuya mutación ha sido más violenta, más dramática…”.

Leyendo a Félix de Azúa es posible aprender a distinguir esa línea implacable que nos lleva al aprendizaje de la decepción con la pasión domesticada. ¿Para cuándo la siguiente autobiografía? Porque queremos no desesperarnos y volver a leer cosas como esta: “Las revoluciones verdaderas son imprevisibles y no tienen líderes. La mejor experiencia de toda una vida ha sido la de constatar que somos juguetes del azar y nada de lo que hacemos con la pretensión de influir en el mundo es comparable con lo que realmente lo influye”. 

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