Bienal de Venecia 2013

6 Jul
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Pabellón central de la Bienalle de Venecia

Con el borgiano título de Il Palazzo Enciclopedico se presenta la 55 edición de la Bienal. En 1955 el artista Marino Auiriti proyectó un museo imaginario que atesoraría todo el saber de la humanidad. ¿Cuántas veces, en literatura, hemos oído hablar de la enciclopedia infinita, del libro de todos los libros, o de la Biblioteca de Babel? Según los textos del catálogo, esta muestra se inspira en esa intención, e indaga el deseo de conocerlo todo, hasta el punto de convertirlo en obsesión. El comisario es Massimiliano Gioni y creo que ha errado totalmente, pues el Pabellón Central en el que se muestra este Palazzo Enciclopedico es, con diferencia, lo peor que se puede ver en toda la Bienal, un horror que se escapa a la inteligencia. En el trayecto por los salones de la exposición, oí decir dos veces en español esta frase: “Creo que no he visto nada tan feo en mi vida”. Yo salvaría dos cuadros de Dorothea Tanning, otros de Hilma af Klint, los dibujos de Aleister Crowley y Frieda Harris -por curiosos- y poco más. Hasta los libros de artistas eran feos, excepto el rojo de C.J. Jung.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn los pabellones nacionales hay mucha mejor obra y una intención más humilde y más clara de lo que creo que debemos entender como arte actual. La chispa salta en el de Rumanía, que presenta una original performance sobre obras que han sido expuestas en la Bienal a lo largo de su historia. Los comisarios son Alexandra Pirici y Manuel Pelmus y han dado en la diana. Cinco peformers, con solamente la voz y los cuerpos, ponen en escena obras plásticas de artistas consagrados como “Tryptich” 1993, de Francis Bacon; “Untitled “1990, de Jenny Holzer; “Composition nº 234” 1950, de Kandinsky; “Public Opinión” 2007, de Félix González Torres y “Wave UFO” 2005, de Mariko Mori. Verlas representadas hace pensar sobre la economía del lenguaje artístico y la sencillez con la que, valiéndose de ideas innovadoras, un país pobre desafía hábilmente a la vieja Biennale.

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Los performers del Pabellón de Hungría ponen en escena el cuadro de Kandinski: “Composition 234” 1950.

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Puesta en escena “Tryptich” 1993, de Francis Bacon.

Por situación, el pabellón español es el primero que encontramos al entrar a la Biennale. Este año la artista comisariada es Lara Almárcegui y su obra yace amontonada por los rincones.

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Pabellón de España.

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Detritus de Lara Almárcegui en el Pabellón de España.

El pabellón finlandés fue diseñado por Alvar Aalto. La mayoría de las veces es más interesante mirar los pabellones como edificios que como espacios expositivos.

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 OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl pabellón belga de esta edición -abajo- presentaba una colaboración entre la artista Berlinde De Bruyckere y JM Coetze, el inefable Nobel sudafricano, su título es Cripplewood.

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El de Hungría expone la obra de Zlost Asztalos “Fired but unexploded”. Un video-instalación sobre las bombas de la II Guerra Mundial que aun no han explotado y que permanecen bajo tierra.

En esta edición, Alemania y Francia se intercambian a los artistas, así celebran unos cuantos años de hermandad. El de Alemania parece construído por Speer pero tiene firma italiana, la del arquitecto  Daniele Donghi en 1909. 

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Interior del Pabellón de Alemania en la Bienal de Venecia.

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El ubicuo y pesado de Ai Weiwei ha llenado de taburetes el hall del pabellón alemán/francés.

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El de Dinamarca trata de lo mismo que el de España pero en vídeo.

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Australia a la intemperie, quizá el pabellón más cándido, sencillo y con menos pretensiones de todos.

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Vista del Pabellón de Australia.

En un pabellón pequeño parecido a un vivero, denominado en el mapa como SP, está el pintor Xul Solar, amigo de Borges y Aleister Crowley ¿Habrá seres más distantes? Están expuestos uno de esos juegos que inventó, los alfabetos para el nuevo mundo y algunos libros únicos creados con recortes de prensa. Entrar al SP fue un remanso después de salir del Pabellón Central.

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Este barquito de papel, de Kajaz Polëmkin está atracado en el muelle del Giardini.

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