Enfermos del libro

24 Jun

Raton-biblioteca-Carl-SpitzwegDe entre todas las patologías que somos susceptibles de sufrir en nuestra corta vida, sobresale la enfermedad de los libros. He acabado con la lectura de Enfermos del libro. Breviario personal de bibliopatías propias y ajenas escrito por Miguel Albero. Al cerrar la última página, el primer pensamiento es que -a excepción de alguna que otra dolencia- prácticamente todo el libro habla de mí. Pues creo ser bibliómano, bibliófilo y mucho más. La cosa es que creía imposible que un libro de 235 páginas pudiera hablar solamente de las manías de (y con) los libros. Sobre ellas se observan, además de las dos citadas anteriormente, otras enfermedades relacionadas con el amor desmedido y el odio encarnizado hacia ellos. El amor abarca el robo, el coleccionismo, el fanatismo por poseer primeras ediciones y otras manías de importancia. El odio hacia los libros es categorizado por el autor como biblioclastia. De ésta se nos informa de las diferentes modalidades surgidas a lo largo de la historia, siendo todas ellas muy eficaces. Como las denodadas persecuciones de libros por parte del poder, político y religioso, y las consiguientes hogueras que han caldeado gran parte de la cultura universal hasta convertirla en ceniza ilustrada.

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Quema de libros por los nazis, auspiciada por Goebbels en la fatídica noche de 1933 en Berlín.

De los ocho episodios -capítulos, apartados…- que componen este breviario, mencionaré los que más me han gustado. El que trata de la bibliocleptomanía y sus adeptos, en este corremos el riesgo de vernos reflejados, al menos en la etapa más incipiente de nuestra maladie. La misma que padecían con orgullosa resignación Rodrigo Fresán, Roberto Bolaño y el inefable falangista César González Ruano -me es difícil olvidarle con su terno de raya diplomática, pelo engominado, ridículo bigotito, blandiendo su larga boquilla y la flor en la solapa en los programas blanquinegros de la añosa TVE-. Sobre estos y otros cleptómanos irredentos brillan con mayor esplendor el Conde Libri -un fanático del libro ajeno-, y nuestro compatriota el Bibliopirata, don Bartolomé José Gallardo, -gracias, Albero, por descubrirnos a estos personajes dignos de la mejor ficción-. El tercer capítulo abarca la bibliofagia, este es el más nutritivo de todos y sería cuestión de plantearse la opción dada las circunstancias -un poco de sal, aceite abstenerse, y adentro con ese poemario-.

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San Juan devorando el libro del Apocalipsis, grabado de Alberto Durero.

Aunque ya sabía algo de biblioclastia a través de Fernando Báez, con su Historia universal de la destrucción de libros y, la segunda entrega, Nueva historia universal de la destrucción de libros; además de las documentadas referencias de Alberto Manguel, Miguel Albero se adentra en este apartado -el IV- con referencias y citas menos pormenorizadas pero igual de candentes. Con la exhaustiva descripción de la bibliofilia y de la obsesiva búsqueda de primeras ediciones -VI y VII- se cierra el diagnóstico de los que nos dolemos de padecimientos librescos. Este es un libro clínico escrito con una prosa despiadadamente barroca y generalizado tono humorístico. Cuestiones que no me rebajaron ni un instante al abatimiento ni al aburrimiento durante el trance de su lectura.

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Aviso amenazante que podía encontrarse en las bibliotecas católicas.

Sé que Albero está preparando una segunda edición, así que convendría haceros con la primera que está publicada por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla en 2009, apoyada con un culterano prólogo de Juan Bonilla. Por cierto, la portada reproduce convenientemente un pormenor del cuadro titulado El ratón de biblioteca de Carl Spitzweg, el mismo que ilustra la última entrega de Félix de Azúa Autobiografía de papel: “one thing leads another”.

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4 comentarios to “Enfermos del libro”

  1. Antonio Villalobos junio 25, 2013 a 5:44 pm #

    jajaja…

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  2. luisoj junio 26, 2013 a 10:22 am #

    Ríete, ríete… pero tu también estás malito de los libros.

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  3. Sanz Irles julio 4, 2013 a 5:05 pm #

    Gracias por la pista sobre el breviario de Albero. Los ‘biblióticos’ siempre andamos necesitados de comprensión y consuelo. (En cuanto a la bibliocleptomanía, ¡ay, si los de la librería Atheneum de Amsterdam supieran quién saqueaba sus anaqueles allá por los borrosos setenta).
    Yo ando liado ahora con la fisiología de la lectura, el hecho mismo de leer… y, claro, las conexiones con el libro mismo, como continente pero también como objeto, son inexcusables. (Hay interesantes observaciones de buenos lectores sobre el hecho de leer, en Proust, Wharton, Jünger, etc.). Pronto habrá un post en mi blog sobre esto, supongo.
    Haré por hacerme con el libro de Albero, y gracias de nuevo por dar la voz.

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