Hong Kong, la ciudad interminable

6 Jun

Hong Kong

Cuando a los dos días de llegar, con el jetlag y una humedad ambiental del 80%, paseas por las calles de Hong Kong notas que ya formas parte de la maquinaria de la ciudad, como resultado de un fulminante A estas alturas de la estancia el cuerpo y el cerebro están lo suficientemente engrasados para que funcionen como uno más de los ocho millones de habitantes que, sin estar acreditado, dicen que viven aquí. Tienes que disimular y hacer un esfuerzo para no girar la cabeza y mirar a la gente, pues ha llegado la hora de confirmar que no todos los chinos son bajos ni todos los rostros ni pieles iguales. Y, además, como europeo no eres nadie, pues nadie se fija en ti.

La configuración urbanística y territorial de la ciudad es muy especial. Está formada por una isla muy montañosa, atravesada por interminables túneles, y por una península conectada a ella por tierra y mar. Además de los Nuevos Territorios, que son otras islas adyacentes que se van poblando paulatinamente. Si nos situamos en Kowloon frente a Central Hong Kong, la isla principal, se aprecia el disparatado y kitch skyline. Los rascacielos casi siempre coronados por las nubes representan el poder financiero de Asia y, a excepción de uno o dos, todos son extraordinariamente feos. Nada que ver con los de Manhattan o Chicago.

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Hong Kong disfruta de un estatus administrativo y político diferente al resto de las ciudades del país. Su pasado colonial justifica esto y en realidad es un puerto franco donde muchos impuestos no existen. La mejor prueba es el bajísimo precio de los taxis, pues la gasolina es baratísima y una carrera de 35 minutos de duración puede salir por 70 dólares hongkoneses, o lo que es lo mismo: 7 euros. La comida no es demasiado cara, excepto en los restaurantes de lujo. La tecnología es un poco más barata pero, por ejemplo, Apple soporta los mismos precios que en Europa. Sin embargo, las novedades tecnológicas son apabullantes. Una noche, ojeando una de las revistas comerciales que suelen encontrarse en los hoteles, descubrí que habían sacado al mercado la copia de una cámara digital en blanco y negro. Al día siguiente en el centro comercial Harbour estaban agotadas las existencias.

 
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La pasión por las novedades, las firmas de lujo y las marcas internacionales es una debilidad del hongkonés y de los centenares de miles de visitantes que diariamente llegan a la ciudad, desde la propia China y de numerosas naciones del Pacífico, dispuestos a vaciar sus tarjetas de crédito. Como dijo el secretario general del Partido Comunista, Xiaoping: “Enriquecerse es glorioso”. Estamos en un país extraño con un sistema económico inédito.

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Otro síntoma del poderío comercial y del imparable consumismo son las aglomeraciones en los intrincados espacios comerciales que se ubican dentro de los edificios. Centenares y centenares de tiendas, restaurantes, agencias de viajes, librerías, peluquerías, centros de belleza, bares, cafeterías, salones de té y supermercados con comidas de todo el mundo se interconectan a través de amplios pasillos, escaleras, ascensores y plazas cubiertas, en una continua exhibición de productos de consumo. Según me dicen, es similar a las grandes ciudades de Japón pero guarda muchas diferencias con los malls americanos y europeos.

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Frente a estos cientos de miles de compradores compulsivos, que llenan la ciudad, he visto media docena de ciudadanos protestando pacíficamente por la matanza de Tiananmen y la falta de libertades públicas.  Noticia: Anteayer, 4 de junio de 2013, cien mil personas se concentraron en Hong Kong en una vigilia nocturna, bajo el eslogan “No nos olvidamos”, en recuerdo de las incontables víctimas de la matanza. Es una alegría saber que la defensa de los derechos humanos no descansa.

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Es posible caminar por las escrupulosamente limpias calles de Hong Kong, pero además es recomendable hacerlo para desaparecer entre el bullicio y apreciar que todo el mundo va a lo suyo; nadie se para por nada, excepto para fotografiar la ciudad. Las aceras van sobrecargadas de peatones bajo los miles de anuncios publicitarios y, como en Blade Runner, pantallas de dimensiones descomunales proyectan constantemente los encantos del capitalismo.
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En general visten bien y muchos de ellos, muy bien. Las mujeres son sofisticadas en sus vestimentas y complementos, y deben gastar una fortuna en peluquería. Los jóvenes adoptan la imagen deportiva a la que en Occidente estamos acostumbrados a ver en cualquier lugar. Otros van impecablemente embutidos en sus trajes oscuros, impolutas camisas blancas y zapatos brillantes. Sorprende la exagerada aglomeración de firmas de lujo occidentales que se encuentran, unas junto a otras, a lo largo de las calles: Marc Jacobs, Salvatore Ferragamo, Maison Dior, Prada, Chanel, Cartier, Gucci, Tifannys, Lane Crawford, Jimmy Choo y un largo etcétera de exclusivismo a precios inalcanzables para la media de los bolsillos europeos. Esto explica que los que hace shopping vayan cargados de bolsas de las firmas precedentes. Un hito para mí, pues jamás lo había visto antes, son las colas de gente esperando a entrar en estas tiendas. La sensación es que aquí está el mundo y Europa es ahora el inframundo.

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Otros atractivos de la ciudad son el ferry que atraviesa la bahía y las pasarelas peatonales que dejan ver desde arriba las calles rebosando de coches. Los cuales, la mayoría de las veces, son de marcas europeas pero de modelos especiales para el emergente mercado asiático. Diariamente, al caer la noche -8 pm-, encienden la iluminación de los rascacielos y comienza un espectáculo de luz que atrae a miles de personas, una hortera e infantiloide puesta en escena. Como el patito gigante que flota cerca del muelle de Kowloon.

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Hace años en un documental que hice sobre Venecia, decía que posiblemente era la ciudad más fotografiada del mundo. Al ver a la gente paseando por los muelles, frente al skyline nocturno, tengo que desdecirme pues es Hong Kong la más inmortalizada por las cámaras.

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2 comentarios to “Hong Kong, la ciudad interminable”

  1. miguelgajete junio 7, 2013 a 7:53 am #

    Hola Luis, ME ha parecido muy fuerte lo de las colas para comprar en las tiendas de lujo. Con lo que estamos pasando por aquí… eso demuestra que no vende más el que vende más barato, sino el que tiene una marca fuerte y con buena reputación, si eres capaz de cubrir una necesidad, estarán dispuestos a pagar por ello. En este caso me imagino que será mantener un estatus social de lujo.

    Por cierto, podriamos haber retocado algunas fotos para que salieran más claras.
    Un saludo y sigue contandonos cosas de Hong Kong, que me imagino que tendrás material para rato.

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    • luisoj junio 7, 2013 a 10:01 am #

      Para ser fiel a la verdad, la primera vez que vi una cola para entrar en una tienda de lujo fue en Gucci, en Sloane Street en Londres. Pero, claro, estaban de rebajas. Y por supuesto: la marca es la marca, sino que se lo digan a la decadente marca España.
      Creo que debes poner más brillo en el calibrado de tu pantalla, pues yo las veo bien en el mío.
      Ciao Gajete.

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