Maldita lectura

12 Mar
Vanitas - Jacques Linard

Vanitas de Jacques Linard.

Previamente haré una introducción reescrita con palabras que Borges vertió en su texto Del culto de los libros. Dice así: En el segundo párrafo del segundo capítulo de la Biblia hebrea reza: “Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será”. 

En una de las desternillantes comedias del dramaturgo Bernard Shaw se desata una amenaza de incendio en la legendaria Biblioteca de Alejandría. Alguien dice trágicamente que arderá la memoria de la humanidad, y César le replica: “Déjala arder. Es una historia de infamias”.

Un libro, cualquier libro, es para nosotros los lectores un objeto sagrado. Ya Cervantes, que tal vez no escuchaba todo lo que le decía la gente, leía según él hasta “los papeles rotos de las calles”.

Antes de que el hombre dejara constancia física de sí mismo a través de signos, hacía uso de un primitivo lenguaje oral. La palabra hablada permitía nombrar o evocar lo presente y lo ausente, referenciando pensamientos con la posibilidad de transmitirlos. La lectura y la escritura son habilidades indisociables y exclusivas del ser humano, por tanto iniciativas de él mismo; además aúnan invención y memoria. El orden de sus descubrimientos nos parecen paralelos, pues nacen como técnicas simultáneas, ya que lo que se escribe generalmente está forzado a ser leído y lo que puede leerse es sólo lo que está escrito. La escritura es la herramienta más valiosa creada por el hombre y sus comienzos están datados de forma aproximada en la historia universal. Según los investigadores, en las postrimerías del cuarto milenio antes de Cristo los habitantes de las remotas ciudades mesopotámicas inventaron una técnica que cambiaría para siempre la forma en que los humanos se comunicarían entre sí.

Comenzó, pues, el arte que creó las letras, las palabras y el orden que daba sentido a las mismas. Las primeras escrituras de las que quedan restos son pictográficas, es decir, sus formas reproducían siluetas de cosas, personas o animales a los que se hacía referencia. Más tarde pasaron a ser cuneiformes, con cuyos símbolos se representaban los sonidos del habla. Se la llama cuneiforme porque tenía forma de cuña y se escribía con un punzón sobre tablillas de arcilla o cera. En sus comienzos, la escritura sirvió esencialmente para consignar transacciones comerciales, porque es imposible recordar siempre que tal pastor vendió tantas ovejas a cual comerciante, o que el grano cosechado respondía a una determinada especie, cantidad o peso. Como ha dejado escrito el premio Nobel sudáfricano Coetzee, “la escritura se inventó, después de todo, para paliar la imposibilidad de recordarlo todo”.

Cuando aconteció su invención se abrió un nuevo canal de comunicación que trascendió en otra forma de poder. Durante la mayor parte de la historia registrada en los anales, quienes poseían la habilidad de leer y escribir monopolizaban el poder. Pocos eran los que tenían acceso a su aprendizaje, sólo la aristocracia y el clero poseían esa capacidad de transmitir conocimientos escritos y, a la postre, la exclusividad de descifrarlos con la lectura.

El profesor ecuatoriano Francisco Delgado Sánchez, en su ensayo Mirada dentro, palabra fuera, la define de la siguiente manera: “La palabra escrita permitió la independencia de la información respecto al tiempo y al espacio. El discurso se hizo más reflexivo y estructurado. Se estabilizó, se despersonalizó y se objetivó el conocimiento; gracias a esto, las artes y las ciencias encontraron un instrumento fiable para su evolución y desarrollo”. Le asiste la razón, pues qué sería del discernimiento si no dispusiéramos de la escritura y, en consecuencia, de su lectura para fijarlo eternamente en el tiempo y en el espacio. El poeta Mallarmé afirmó en más de una ocasión que “El propósito del mundo es un libro”.

Por otra parte, la escritura no es un simple instrumento sustitutivo de la memoria sino que encierra funciones que van más allá de lo estrictamente práctico, aunque consideramos que su invención partió de la necesidad del ser humano de fijar hechos y cosas. Por otra parte, leer es ante todo una actividad cuyo esfuerzo y responsabilidad recae sobre el lector. El autor de Lolita, Vladimir Nabokob, demandaba para sus libros lectores creativos, y James Joyce quería que los lectores entregásemos nuestra vida a la lectura de sus obras. Leer es un ir y venir de ideas, un intercambio no pactado con el autor, una inmersión en un universo que nos procura la ampliación y reinterpretación de nuestros conocimientos. El hombre es un motor creador: piensa, almacena y selecciona información, proyectando sus metas en el tiempo porque es dueño de una inteligencia creadora no falta de ingenio. La escritura es la más elocuente de esas metas y los libros intentan, en la medida que pueden, dar sentido a un mundo que no lo tiene o que nunca lo ha tenido, pero que sin duda está falto de él.

No siempre se ha leído igual. Hasta el siglo IV después del Portal de Belén, la lectura se hacía en voz alta ya fuese en público o en privado, en iglesias, palacios o casas particulares. Aunque existen referencias de lectura en silencio en la Roma y Grecia clásicas, no son tan fiables como la constatación de Agustín de Hipona, el cual presenció un hecho insólito para la época cuando visitó a Ambrosio, obispo de Milán y consejero de su madre. Así nos lo cuenta en sus Confesiones: “Cuando Ambrosio leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido, mas su voz y su lengua descansaban. Muchas veces estando yo presente así le vi leer en silencio y jamás de otro modo”. 

El propio Agustín llegaba a verdaderos raptos extáticos en sus momentos de lectura. En ellos discernía lo invisible a través de lo visible y quedaba transido de “goce puramente intelectual”. De esta manera, nos confirma el exquisito paladar que poseía para degustar las epístolas de Pablo de Tarso, con cuya lectura no dudó en recibir el bautismo cristiano a la edad de 33 años. Fue, según él, cuando “la verdad se combinó con la gracia”. Así lo relata Antonio Escohotado en su ensayo Los enemigos del comercio.

Vemos que, históricamente, leer no siempre fue una actividad introspectiva, una acción estrictamente reflexiva hacia adentro y no hacia afuera. Antes de Ambrosio la lectura era, en la mayoría de los casos, el mero hecho de proyectar palabras leídas en el mismo instante, sin que éstas reposaran demasiado tiempo en el pensamiento. Al igual que en Grecia, en la Roma imperial los dramaturgos y poetas hacían lecturas en casas patricias o en las propias, presentando sus obras a un exquisito y restringido público antes de leerlas o representarlas en los teatros de las civis. Los asistentes daban su opinión al finalizar y los autores adaptaban los textos dependiendo de las opiniones y las reacciones que detectaban en los oyentes de esas lecturas semiprivadas.

En el Seiscientos italiano, Benito de Nursia fundó una orden religiosa y entre las normas por las que se rigió había una de carácter fundamental. Consistía en que cuando los monjes entraban en el refectorio, uno de ellos estaba obligado a leer a los comensales largos pasajes de los libros sagrados, después de la bendición de los alimentos. Mientras, reinaba, como corresponde, un silencio monacal. Creo que los actuales clubs de lectura son vagos sucedáneos de tan antiguas y buenas costumbres. Como aquella que se instituyó en Grecia, donde los autores iban de ciudad en ciudad haciendo lecturas públicas donde se terciara. El historiador Heródoto, aprovechando una de las celebraciones de los Juegos Olímpicos, leyó ante un numeroso público de múltiples procedencias. De esta forma evitó los desplazamientos para leer en las más importantes ciudades helenas, de la misma manera que ahora hacen los autores en las promociones de sus últimas obras. Parece que entonces todo estaba inventado. Por estas y otras muchas razones, cuando se oye hablar de la deuda griega, resuena una pregunta. ¿Quién le debe a quién el qué?

Como la mayoría de ustedes, mi experiencia lectora arranca de las enseñanzas de mis padres y del desaparecido parvulario. Tomé conciencia de saber leer por persona interpuesta, quiero decir que a los cuatro años lo hacía de manera torpe y poco fluida, pero no fui consciente de ello hasta que alguien cayó en decir que ese niño leía. Fue el momento en que se me reveló el mundo de las letras y las palabras que, conectadas entre sí, formaban frases con sentido. Más adelante supe que el sentido podía ser interpretado; esto me confirmó que no todos leemos lo mismo aunque leamos lo mismo. Por fortuna, la habilidad de leer no se olvida nunca y la de interpretar tampoco.

De esa época de lectura iniciática vienen a la memoria oleadas de recuerdos infantiles. Es entonces cuando me veo leyendo el diario ABC que mi padre me mandaba a comprar, y cuando él terminaba yo lo cogía por las páginas finales que se llamaban de huecograbado, cuya sección Gente Menuda traía unas viñetas y textos cortos para niños. Ya de adulto coincidí con amigos en que ellos también aprendieron a leer con el inefable periódico monárquico. Cuando de niños descubrimos la capacidad de leer, lo hacíamos en el colegio y en las casas. Fuera de ella nos fijábamos en los nombres de las tiendas, en el rótulo de las tapaderas de las alcantarillas. Leíamos los carteles de cine y todo rótulo que nos encontramos en las calles. Juan el Evangelista dijo que “No es el hombre el que descubre la palabra, sino la palabra la que viene a él”. Y George Steiner dijo algo así como que los libros nos leen a nosotros.

Después del ABC comenzaron las lecturas genuinamente infantiles y de todas ellas, dejando a un lado los tebeos nacionales y los de Disney, me es imposible olvidar Alicia en el país de las maravillas del incalificable Lewis Carroll. Es este el cuento que más interpretaciones suscita y el más intergeneracional jamás escrito. Aún disfruto viendo crecer y menguar a Alicia dependiendo de la galleta o el brebaje que tomara, o cuando en medio del bosque los personajes -humanos y animales- celebran su incumpleaños, y sobre todo los momentos en que la reina grita como una loca su frase favorita: “Que le corten la cabeza”. El reverendo Charles Dogson, alias Lewis Carroll, construyó en Alicia un relato surrealista más cercano a los sueños y a las pesadillas que a la realidad, antes de que existiera la más mínima sospecha de que en el siguiente siglo estallaría el movimiento surrealista que, por cierto, siempre le citó como predecesor.

Por otra parte, los que leen de forma regular no gozan de buena consideración por parte de los no lectores y, francamente, eso duele. Muchos no lectores creen que, como mínimo, leer es una pérdida de tiempo y en el mejor de los casos dicen que no hacemos nada, sólo que… estamos leyendo. Con cierto grado de exageración, esto me recuerda la célebre frase del mayor censor de la historia estadounidense, Anthony Comstock, cuando predicaba: “Nuestro padre Adán no leía en el Paraíso”. Los enemigos de la lectura recurren a argumentos que nos conmueven. Les cuento otra experiencia personal. Hace años, leyendo el periódico después de comer y acompañado de otra persona que, a su vez, veía y oía la tele a un volumen que dificultaba mi propia lectura, esta me dijo con cierta acritud: “Pero hombre, deja de leer cuando haya gente delante”. Como desagravio a este tipo de situaciones, hay que decir que si existe un enemigo tenaz de la lectura ese es la televisión. Con su discurso cansino y su histeria expresiva, la televisión ha anulado a millones de potenciales lectores en todo el mundo. Está confirmado que en los hogares donde no se ve televisión se leen más libros. Pero como oportuna paradoja, debo decir que en los años cincuenta la televisión se utilizó para enseñar a leer a los niños del medio oeste americano que no tenían escuela a su alcance. También hay que reivindicar los escasos programas que realmente entretienen, informan e instruyen a los espectadores; ya que los espacios culturales, dedicados a las artes o a las letras, son residuales en las televisiones de España y del mundo. Consecuentemente, son pocas las ocasiones en que la cultura se asoma por la pequeña pantalla. Esta situación se aprecia especialmente en la lamentable pérdida de formación lectora de las nuevas generaciones y en la holgazanería en la que se desploman los telespectadores. Entonces ocurre que la televisión se convierte en el símbolo palpable del fracaso de la cultura. Pues el acto de verla apenas necesita gran esfuerzo intelectual; leer, sin embargo, requiere del ejercicio simultáneo de más de un sentido. Además hay que denunciar el uso desmesurado de la televisión por parte de los padres como entretenimiento infantil durante largas horas diarias. Tras analizar la programación de los canales específicamente infantiles, recordaremos al filósofo Karl Popper y al sociólogo John Condry cuando decían, en el ensayo La Televisión, un peligro para la democracia, que esta es “Ladrona de tiempo y criada infiel”. A lo que podemos añadir: “Canguro violenta”. Dadas las circunstancias, parece que los directores de contenidos de la gran mayoría de las cadenas de televisión obedecen, metafóricamente hablando, a la siniestra y contundente frase del protonazi Albert Leo Schlageter: “Cuando oigo la palabra cultura echo mano a la pistola”.

En otro nivel de lectura, y para algunas personas, leer el periódico por la mañana temprano con el café humeante en la mesa, es uno de los placeres al que es muy difícil renunciar. Esta sana costumbre está entrando en declive por la irrupción de las nuevas tecnologías: ya casi no abrimos el periódico de papel, ahora abrimos las páginas de varios periódicos electrónicos para leerlos en la resplandeciente pantalla. Eso sí, el café se mantiene todavía como costumbre a la espera de que, por el bien de nuestra salud, el médico nos lo prohíba.

La consumidora de café y otras infusiones Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida por todos como Teresa de Jesús, fue gran lectora y brillante escritora de textos místicos. Su enfermiza afición a la lectura, especialmente de novelas caballerescas, le llevó a escribir este sincero y delicado texto que muchos lectores hacemos nuestro. Así lo escribió en castellano antiguo: “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi me comenzó a enfriar los deseos y a faltar en todo lo demás; y parecíame que no era malo gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan extremo lo que esto me embebía, que si no tenía libro nuevo, no me parecía tener contento”. Los que solemos leer entendemos lo poco vano de la pasión de Teresa por la lectura a tiempo completo. De la misma manera que citamos a la santa de Ávila, recodaremos a Borges cuando se sentía más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito.

En la adolescencia se presenta una etapa que podríamos llamar de lectura desnortada. Recuerdo haber leído La metamorfosis de Kafka, que en aquella primera lectura me pareció un cuento de ciencia ficción. Podría confirmar que el lector se hace con la experiencia, no es lo mismo sumergirse de joven en el universo kafkiano que cuando se es un lector maduro; es entonces cuando el texto se revela en toda su magnitud, como un relato existencial de una intensidad poco común. Otra lectura penetrante a la que entonces tuve acceso y a la que vuelvo cíclicamente es El caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson. Este relato esquizoide nos hace ver, entre otras cosas, que nada es lo que parece y que la firmeza de los principios y la constancia de las convicciones dependen de la frágil resistencia de un fino hilo enhebrado en nuestro cerebro. La dualidad, hoy llamada bipolaridad, es una condición del ser humano, el cual es capaz de edificar lo más bello y lo más horrible a partir de los mismos propósitos. En consecuencia, lo dual y el concepto del doble en los mitos arcaicos y en la literatura moderna son elementos con los que cimentamos nuestra cultura: el bien y el mal, lo blanco y lo negro, lo espiritual y lo material, arriba y abajo, “… tanto en el cielo como en la Tierra”. De igual manera ocurre en la literatura, pues no hay lectura inocente y, por tanto, hay que tomar conciencia de que esta no se mantiene al margen del poder de las maldades del mundo. En los libros se encuentra todo lo bueno y lo malo, lo elegante y lo vulgar, lo delicado y lo soez que los hombres son capaces de escribir. No me refiero a que estén mal escritos sino que estén escritos de una manera perversa o no. Los libros pueden llegar a ser armas destructivas y no cabe disculpa a la violencia que algunos de ellos mismos generan, ni las mentiras que proclaman. Porque muchos son, por decirlo de alguna manera, inductores de incontables aberraciones y, a la postre, inspiradores del mal. No cabe, pues, albergar la vana esperanza de que la bondad y la verdad siempre resplandezcan en los libros.

Por otra parte, hay libros que desprenden un inconfundible aire de familia, son los que hacemos propios por parentesco con nuestros gustos y por razones más íntimas, como el irrenunciable placer que nos produce sus constantes relecturas. Son aquellos que se leen una y otra vez, que nunca abandonamos por el fuerte vínculo que nos mantiene unidos a ellos; son libros de los que con facilidad podemos tener más de un ejemplar. Sencillamente porque un libro releído no es el mismo que cuando lo hicimos por primera vez, y cada oportunidad de reencuentro se reviste con nuevos matices e interpretaciones.

Si por cualquier avatar nos desprendemos de alguno, corremos a la librería a comprarlos por enésima vez. Ocurre con la poesía de Rimbaud, Baudelaire, Gil de Biedma o Pessoa, con todos los relatos y las escasas novelas de Truman Capote. Con los sofisticados retratos de asesinos cultos que cometen atrocidades gratuitas y que están portentosamente descritos por Patricia Highsmith. También me ocurre con la prosa y poesía arcaicas de Diego de Torres Villarroel o Quevedo y con la inclasificable narrativa de Sebald y Claudio Magris. Con los ensayos sobre política, arte y filosofía de Sánchez Ferlosio, Félix de Azúa, Christopher Hitchens, José Luis Pardo, Ángel González García, Walter Benjamin, Artur Ramon, John Berger, Susan Sontag o Javier Gomá Lanzón. Las penetrantes novelas de Gonzalo Hidalgo Bayal, Saul Bellow, Philip Roth, Coetzee, Ricardo Menéndez Salmón o John Banville, y con los altos vuelos de la leve prosa de Ítalo Calvino. Los relatos o novelas de Dorothy Parker, Joyce Carol Oates o Roberto Bolaño. Los cuentos de Lydia Davis, las novelas y ensayos de Borges, Nabokob, Sergio Pitol y Vila-Matas que conjugan a la perfección el ensayo y el relato, el pensamiento y la acción, lo científico y lo humanístico, lo real y lo inventado. Leyendo a todos ellos he llegado a otros libros y a otros autores que me han llevado, de nuevo, a otros libros y a otros autores que me incorporan a un bucle melancólico que nunca deja de repetirse. Autores y obras conviven como fantasmas domésticos, como dioses familiares que nunca decepcionan, y siempre están cerca aunque cambiemos de domicilio dos veces al año. En estos libros se refugian ideas, modos de ver, personajes y situaciones que nos acompañarán durante toda la vida. Cuánto más hayamos leído más disfrutaremos de nuevas y antiguas lecturas. Y acumulando lecturas heterogéneas aprendemos a detectar qué libro nos aportaría algo o a cuál podríamos dedicar el poco tiempo que queda para seguir leyendo. Leer requiere de tiempo y dedicación. Fernando Fernán Gómez declaró, poco antes de morir, que lo que más le dolía de dejar este mundo era los libros que ya no podría leer; porque disponemos de más libros que tiempo de vida para leerlos.

Se hace difícil explicar qué es exactamente lo que nos proporcionan. Algunos lectores dirán que conocimiento, complicidad cultural, simple entretenimiento, placer, momentos de inadvertida felicidad y algo más. Aunque no nos provea de elementos materiales para la vida, la lectura nos recompensa con otras menos tangibles. Recurro ahora a la escritora británica Virginia Woolf que expresó esta idea de manera más simbólica: “He soñado a veces que cuando llegue el Día del Juicio Final, y los grandes conquistadores, abogados, juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y le dirá: Mira, esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer”. Fin de la cita.

Creo que en esencia hay dos tipos de libros, aquellos que están escritos dando por sentado que el mundo es tal cual es; como decía Roberto Bolaño son los libros “que cuentan historias que se entienden”. Y por otra parte, los que han sido escritos con el fin de cuestionar a los anteriores. Es decir, no aceptando la aparente simplicidad de los hombres, los hechos, las cosas y de la propia literatura. Estos últimos son los que, a contrapelo, utilizan difíciles caminos narrativos y se sitúan frente a los convencionales que parecen recién llegados al mundo, los que no arriesgan nada y cuentan historias que parecen historias de las historias mil veces narradas y vueltas a contar desde el comienzo de la escritura creativa. Estos últimos, para qué negarlo, son los más vendidos y supuestamente más leídos, llenan los escaparates de las librerías y se amontonan en las mesas de novedades; confirman la elegancia social del regalo y en la mayoría de los casos acaban adornando el mueble bar de los hogares del mundo como animales disecados; pura taxidermia.

Y están los otros, los que cuestionan la estructura del relato y plantean situaciones polivalentes, cuyos protagonistas saltan con facilidad de una forma verbal a otra, donde el narrador se convierte en el protagonista y viceversa, incluso en los que aparentemente no hay protagonistas, ni narradores, ni historia. Son libros que retan a nuestro entendimiento y se cuestionan a sí mismos, confundiendo y ensombreciéndolo todo; libros que huyen de la narración lineal de argumentos intrascendentes, pero que nos iluminan con su originalidad y valentía. Probablemente haya que leerlos más de una vez con una técnica no del todo infalible, aquella que nos obliga a pasar una página adelante y dos atrás. Estos son los libros, y ahora cito, “que irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva la escritura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe…”. Así los describe el Nobel Vargas Llosa, santo laico de la literatura actual. Les sugiero que como lectores se arriesguen ante la exigencia de estas obras y nos enfrentemos a lecturas extrañas de libros raros escritos por autores complicados, porque la aventura que se abrirá ante nosotros será mucho más enriquecedora que la de los convencionales, aquellos que parecen nacidos de la nada. En definitiva, creo que hay que mantenerse alejados de los libros huecos de contenido y vacíos del más ligero atrevimiento formal.

En todo conflicto bélico -ya sea civil o entre naciones, de expansión o venganza, político o religioso, antiguo o moderno-, los primeros lugares que se destruyen son las bibliotecas. Mencionaré algunos ejemplos de masacres bibliófobas que muestran la violencia ejercida durante milenios hacia los libros, sean estos los que sean.

La Biblioteca de Alejandría, la más conocida de la humanidad, fue devastada en el año 391 por el animoso patriarca copto Teófilo, como resultado de una inconfesable envidia a la sabiduría en general y el odio a las religiones paganas en particular. Una multitud fanatizada y previamente arengada la destruyó a sangre y fuego. En esta violenta orgía antilibresca, perecieron además de miles de rollos de papiro y textos homéricos, los propios bibliotecarios, sabios y científicos, estudiosos y simples lectores como ustedes. Entre ellos se encontraba la joven astrónomo Hipatia que fue lapidada y quemada junto a los libros que tanto amaba. Mil seiscientos años después, el bárbaro Teófilo duerme en el olvido pero de Hipatia seguimos hablando e incluso se hacen películas sobre ella, aunque sean terriblemente malas. Dieciséis siglos después de esta masacre, el poeta alemán Heinrich Heine constató que “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres”. Esta incontestable afirmación enlaza con una tradición oral centroeuropea que, de nuevo, recoge Borges en Historia de la eternidad. Se refiere en ella a Miguel Servet, el médico y teólogo español descubridor de la circulación de la sangre. Servet pereció en las cálidas hogueras de la Inquisición y, antes de tostarse definitivamente, dijo estas palabras a los jueces que le habían condenado: “Arderé, pero ello no es otra cosa que un hecho. Ya seguiremos discutiendo en la eternidad”.

Pero mientras llegaba o no la eternidad, el tiempo pasaba y la nefanda noche del 10 de mayo de 1933, el Ministro de Propaganda del Tercer Reich, el contumaz morfinómano Joseph Goebbels, aquel que dijo que una mentira repetida acaba convirtiéndose en verdad, presidió una concurrida quema de libros en la Opernplatz del Berlín nazi. Este aquelarre bibliófobo revistió una puesta en escena digna del personaje, la época y el lugar. A la vez que ardían más de veinte mil libros de Freud, Hemingway, Proust, Zola, Jack London, Erich María Remarque y otros autores degenerados, el propagandista nazi arengaba con su retórica a una multitud enardecida de más de cien mil personas, compuesta en su mayoría por estudiantes, profesores, miembros del partido nazi y de las juventudes hitlerianas; y lo hizo con estas palabras: “Esta noche hacéis muy bien arrojando al fuego estas obscenidades del pasado. Se trata de una enorme manifestación de poder, llena de simbolismo, por la que el mundo entero sabrá que el viejo espíritu ha muerto. De estas cenizas se alzará el fénix del nuevo espíritu”. Fin de la cita. Décadas después podemos constatar, con todos los datos, a dónde nos llevó volando la siniestra ave fénix del nuevo espíritu.

Como no hay tirano solitario ni país que siempre lo soporte, Lenin aportó grotescas medidas anticulturales dignas del museo de los horrores. Son miles y miles los escritores y creadores que desaparecieron del panorama literario soviético o, simplemente, desparecieron de la faz de la Tierra mediante el asesinato. Porque como escribió él mismo: “¿Que son el cerebro de la nación? Qué va, son su mierda”. Cuenta la escritora Anna Caballé que entre 1921 y 1941 serían expulsados, depurados, deportados y fusilados matemáticos, agrónomos, economistas, historiadores, sociólogos, poetas y escritores. Los funcionarios del KGB solían decir a sus confidentes: “Dadnos un nombre y nosotros encontraremos los cargos”. El paraíso socialista se vio mejorado con la llegada de Stalin, el cual sobredimensionó el mismo odio que Goebbles y Lenin sentían por los libros, el arte y la cultura que no se sometía a sus respectivas revoluciones. Stalin o el papaíto, como le llamaba el común de los soviets, encarceló, exilió, torturó y asesinó a escritores notables, en la estela que dejó marcada su antecesor. También ordenó quemar o prohibir libros y como, al igual que Hitler y muchos otros déspotas, el Camarada Secretario General tenía repugnantes veleidades artísticas, también se atrevió a corregir y forzar cambios en muchas obras literarias y teatrales que no eran de su gusto, bajo la implacable amenaza del Gulag.

Años más tarde de la invasión del emirato de Kuwait por las tropas del dictador y novelista iraquí, el presidente Bush Jr., agotando la venganza de su padre y con el señuelo de las nunca encontradas armas de destrucción masiva, dio comienzo a la segunda Guerra del Golfo. Al poco de la incursión bélica en el siempre desdichado Irak, la Biblioteca de Bagdad ardió por los cuatro costados. Momentos antes, y con el visto bueno del Pentágono, los mercenarios pagados por empresas norteamericanas la expoliaron junto con el Museo Nacional. Miles de documentos históricos, tablillas cuneiformes, decenas de miles de papiros, códices milenarios y obras de arte de un valor cultural incalculable, fueron puestos a la venta en el mercado negro internacional. Todavía flota en el aire la fundada sospecha de que esta acción fue un encargo directo de los coleccionistas billonarios, ya que el expolio nunca ha pagado impuestos y la Biblioteca de Bagdag era un bocado más que apetecible. Como ya se ha dicho, Irak fue la cuna de la escritura y, por tanto, de la lectura. Quizá este episodio sea un buen ejemplo de que en nombre de la libertad propia se quema o se roba la libertad de los demás.

Contra lo que dice el escritor Manuel Rivas sobre que los libros arden mal, sostengo que la historia de la destrucción de libros es testigo privilegiado de la gran capacidad combustible del papel escrito y de la calidad de sus llamas. En El Quijote encontramos una significativa escena de quema de libros. Acontece que, ante la delirante locura del Caballero de la Triste Figura, el cura y el barbero deciden aplicarle una especie de terapia de choque que consistió en requisar y enviar a la hoguera los libros de caballerías de su biblioteca, a los que era tan aficionado Alonso Quijano. Y lo hicieron porque creían que eran los desencadenantes de sus trastornos mentales. Es cruelmente curioso y paradójico, que siglos después, exactamente en 1981, la junta militar chilena presidida por el innombrable prohibiera la lectura de El Quijote. Porque el augusto general creía, con toda razón, que la obra de Cervantes contenía, y cito textualmente, “más de un alegato en defensa de la libertad personal y múltiples ataques contra la autoridad”; razones más que suficientes para que releamos El Quijote siempre que se tercie. Conclusión: se queman libros en el libro y también el libro mismo.

Pero el expolio, la censura y la persecución son inasequibles al desaliento en cualquier rincón del globo. Una de las ediciones contemporáneas más sañudamente quemadas en público ha sido Los Versos Satánicos de Salman Rushdie. Cuando a finales de los ochenta el ayatolá iraní Joemini, esa lumbrera ya extinguida, declaró la fatwa contra Rushdie por ese libro blasfemo, millones de hogueras iluminaron el mundo islámico con sus llamas. Si confiáramos en los juegos de azar, podríamos apostar que aquellos fanáticos que calcinaron la obra de Rushdie no la habían leído. Como esclavos del monoteísmo fundamentalista y firmes obedientes de la fe, los quemaron porque ardían bien, incluso este tan aburrido del escritor indobritánico. Cuando de joven, Goethe presenció la quema de un libro en Frankfurt, escribió: “Ver cómo se castiga a un objeto inanimado es en sí mismo verdaderamente terrible”.

Hay un libro, mucho más voluminoso, entretenido y revelador que el de Salman Rushdie; lleva este título latino en su portada: Index Librorum Prohibitorum. Aunque ya existían manuscritos anteriores, su primera edición impresa está fechada en 1559. Es el índice de los libros prohibidos por la Iglesia Católica, con cuyo mecenazgo tantas publicaciones se han editado por los siglos de los siglos. A lo largo de su existencia todas las religiones monoteístas siempre han exhibido un marcado carácter prohibicionista hacia todo libro sospechoso de situarse en los márgenes de sus discursos morales o dogmas de fe.

Según documenta Wikipedia, la última vez que se actualizó el Índice católico fue en 1948 y su reedición postrera en 1966. Da la sensación de que la pereza y la dejadez se han adueñado de los censores romanos ya que no se ha ampliado este pardo elenco desde hace setenta años, lo cual debe de producir gran alegría en los lectores que profesan dicha religión. En esa lista excluyente de la literatura y el pensamiento universales podemos encontrar, entre otros muchos, las obras completas de Diderot y Voltaire, Salomé de Oscar Wilde, El libro del buen amor del arcipreste de Hita, Madame Bovary de Flaubert, La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, El Decamerón de Bocaccio, Los Cuentos de Canterbury de Chaucer, La piel del redomado fascista Curzio Malaparte o los anónimos Kamasutra y Las mil y una noches. No quisiera olvidar que en Roma, en el año 1555, el papa Julio III persiguió las ediciones de una de las obras cumbres del Siglo de Oro y la picaresca española, el inigualable Lazarillo de Tormes, atribuido entre otros a Diego Hurtado de Mendoza. Y lo prohibió con estas palabras: “… porque hace burla de clérigos y arciprestes y hasta de las mismísimas bulas papales con un escarnio tan impertinente como sacrílego que no podemos, que no debemos tolerar”.

Cuando Dan Brown publicó con éxito universal su infumable novela El Código Da Vinci, el Opus Dei organizó una macro campaña en su contra, cuya propaganda se vio redoblada con el estreno de la película del mismo título. De esta forma la Obra consiguió que el Colegio Cardenalicio no permitiese el rodaje de ningún plano en los lugares sagrados vaticanos. Los productores de Hollywood y la editorial de la novela jamás soñaron con una mejor y más barata promoción comercial. Porque como cabía esperar, tanto el film como el libro obtuvieron un éxito arrollador después de ser boicoteados. Y es que vivimos en una época donde la transgresión y lo maldito se han transformado en elementos glamurosos, son demandados productos de consumo y parte fundamental del decorado de la sociedad del espectáculo, según la acertada denominación del situacionista Guy Debord.

Volviendo al Index Librorum Prohibitorum, podríamos sugerir a sus editores algunas obras contemporáneas de mayor calidad literaria que El Código Da Vinci, con el buen propósito de que no se quede demasiado desfasado. He aquí un humilde y escueto ofrecimiento de títulos absolutamente merecedores de ser prohibidos. Comenzaremos con Historia universal de la destrucción de libros de Fernando Báez. Las palabras del verbo del poeta Jaime Gil de Biedma. Plegarias atendidas de Truman Capote. El porqué de las cosas de Quim Monzó. 2666 de Roberto Bolaño. Verano del Nobel sudafricano Coeetze. El último lector de Ricardo Piglia y todas las novelas románticas de Corín Tellado. Para dejar de usurpar el sofisticado oficio de censor, recomiendo finalmente los cuentos de Patricio Pron que llevan este título tan pertinente: El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan.

Por otra parte, detecto en el carácter de los censores un rasgo de forzada inocencia que me resulta conmovedor. Quiero decir que quizá prohíban y quemen libros con la esperanza confesa de que nadie va a volver a leerlos y que realmente los destruyen para siempre. Esta conclusión es el resultado de la inagotable fantasía de los regímenes totalitarios y los arcaicos monoteísmos cuando pretenden acaparar, restringir o dirigir el destino intelectual de los ciudadanos. Aspiran vanamente a que dejemos de leer lo que queremos y eso es imposible. Incluso bajo dictaduras con censuras de hierro siempre hay imprentas clandestinas, un ingente mercado negro de buenos libros prohibidos y subversiva prensa extranjera. Aquí es oportuno citar a Ortega y Gasset cuando concluyó que “La cultura ha sido siempre aprovechamiento de inconvenientes”.

En Roma, Nerón prohibió a Virgilio. En España, Franco lo hizo con Antonio Machado y muchos más. La Serenísima República Veneciana encerró a Giacomo Casanova. En Francia el sedicioso Robespierre prohibió y persiguió al divino marqués de Sade hasta dejarlo morir en las mazmorras de la Revolución Francesa. En la Inglaterra victoriana encarcelaron a Oscar Wilde por maricón y, más tarde, los laboristas censuraron al desquiciado brujo y mediocre escritor Aleister Crowley. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el que leía a Dante era un burgués contrarrevolucionario; los comunistas también prohibieron los libros de  Boris Pasternak y los poemas de Osip Mandelstam, además de obsequiarles con vacaciones sin retorno en un campo de concentración siberiano. En Cuba el iluminado Fidel Castro, ídolo de las multitudes falsamente revolucionarias, hizo todo lo posible por destruir la obra y la vida del novelista Reynaldo Arenas encerrándolo a cal y canto, hasta que un travesti amigo suyo sacó sus escritos de la cárcel en salva sea la parte. Durante la sádica revolución cultural de la China de Mao se llegó a prohibir, entre otros extravíos comunistas, al nunca bien valorado Juan de la Cruz. Esto hace que nos preguntemos si el autor del Libro Rojo habría leído el poema Noche oscura, la mejor poesía mística jamás escrita y que tanto ha influido en los poetas contemporáneos.

En Estados Unidos, a finales del XIX y comienzos del XX, los puritanos más recalcitrantes superaron el record del absurdo prohibicionista evitando que La Cenicienta se leyera en algunos colegios ¿Qué encontrarían los pertinaces censores en el popular cuento infantil? ¿El carácter impropio de la unión de un príncipe con una vulgar sirvienta, o el uso de una calabaza como fantástico medio de transporte? No debemos pensar en lo que imaginarían a propósito de Blancanieves, con siete enanitos -todos varones- durmiendo en la misma casa que la inocente y virginal doncella. Ante este desolador panorama, creo que los censores, los perseguidores de libros, los que practican la intolerancia cultural son víctimas de su propia estupidez al proyectar sus morbos, fobias, frustraciones y carencias sobre las obras literarias y artísticas con las que no comulgan o, simplemente, no les gustan. Como me dijo una vez Jean Jacques Burnell, bajista del grupo The Stranglers, “Freud never sleeps”. El propio Freud, cuando le dijeron que los nazis estaban quemando sus libros, dijo que era un signo del paso del tiempo pues en la Edad Media le habrían quemado a él.

En la actualidad, las dificultades para ejercer la censura de manera eficaz son mayores, pero el denodado esfuerzo del gobierno chino y de otros países sin libertad de expresión en cercenar el acceso a Internet, con la aquiescencia de algunos buscadores internacionales como Google, nos confirma que todavía las tiranías están más que dispuestas a tutelar la vida intelectual de las personas. Y es incuestionable que “una palabra perdida es probablemente un acceso a la realidad perdido y una palabra emborronada es un camino oculto por la maleza”, tal como apunta José Antonio Marina.

En el momento de redactar este texto, una tormentosa tarde de julio de 2012, el canal 24 Horas de TVE informa de que la Biblioteca de Tombuctú, situada en Mali, está siendo destruida por yihadistas islámicos, porque según ellos sólo almacenan blasfemias contra Alá, lo que certifica que la intransigencia de la censura no halla tregua. Allí, en el remoto Tombuctú, se encontraba gran parte de la memoria escrita del continente africano, una de las más fértiles y antiguas. Además, es bueno saber que su conservación fue financiada por los contribuyentes andaluces. A la par que la yihad destruye libros, apedrea a supuestas adúlteras, promociona ablaciones a las menores de edad y adiestra niños para la guerra, todo envuelto en la fe que se desprende de las piadosas relecturas de El Corán. Esta lamentable situación, repetida hasta el agotamiento a lo largo de la historia, es la más clara expresión de que la barbarie nunca viene sola. Pero debemos asumir, con total franqueza y cierta valentía, que la humanidad puede vivir sin extremistas por mucho que estimulen nuestras facultades para desear enfurecernos. Lo único que nos dejan es la deprimente imagen de libros en llamas.

Como ven estamos dedicando más tiempo a hablar de la persecución, prohibición y desaparición de libros que a su propia existencia. De esta forma constatamos que han sido más numerosos los libros destruidos que los conservados, y hoy aquí defendemos a los primeros y recomendamos la lectura de los segundos. No sin antes recordar que si el aforismo dice que “algo tendrá el agua cuando la bendicen”, siempre se podrá añadir que “algo tendrán los libros cuando los queman”. George Steiner decía que aquellos que queman libros saben muy bien lo que hacen.

Los libros no sólo se leen, algunos lectores los saborean, devoran e incluso los huelen, pueden tocarlos y, de un tiempo a esta parte, oírlos. Imaginemos una habitación totalmente a oscuras en un piso de la calle bonaerense de Maipú. Sólo se oye la voz de un joven leyendo y el ligero rumor de las páginas al pasar. Nos encontramos bajo los párpados cerrados de un hombre maduro que, además de voraz lector, es uno de los mejores escritores en lengua española del siglo XX. Jorge Luis Borges comenzó a perder la vista poco después de los treinta años y desde entonces cierta cantidad de lectores pasaron por su casa para llevar a cabo innumerables lecturas. El escritor Alberto Manguel, era el dueño de una de las voces que oía Borges en la obscuridad. Manguel trabajaba en la librería Pygmalion y tenía veinte años cuando, allí mismo, Borges le pidió que fuera su lector. Así nos lo cuenta Manguel: “Durante los dos años siguientes de conocerle leí para Borges por las noches, a veces por las mañanas. El ritual era siempre muy parecido. Yo subía las escaleras hasta su apartamento, tocaba el timbre y la mucama me conducía hasta una pequeña sala de estar donde Borges venía a mi encuentro. Empezábamos de inmediato. Él se sentaba expectante en el sofá y me decía: ¿Qué tal si empezamos con Kipling? En aquella salita, bajo un grabado de Piranesi, le leí a Kipling, a Stevenson, a Henry James, diferentes artículos de la enciclopedia alemana, versos de Marino, de Enrique Banchs, de Heine… Aunque estos últimos se los sabía de memoria y su voz sustituía la mía. Yo era el conductor, pero el paisaje pertenecía al conducido. Borges elegía el libro, Borges me hacía detenerme o me pedía que continuara, Borges me interrumpía para comentar, Borges permitía que las palabras llegaran hasta él. Yo era invisible”. Tras leer los recuerdos de Manguel creo que, como muchos otros lectores, Borges oía, olía, devoraba y acariciaba los libros, y sospecho que los vería con toda claridad a través de sus ojos ciegos.

 

La relación de los lectores con los libros no se ciñe solamente a su lectura, también confluyen otras variables, como la codicia de poseerlos. Personalmente, no me gusta demasiado pedirlos prestado ni que me los presten. Tampoco me ilusiona sacarlos de las bibliotecas públicas, porque si me gustan de verdad sufro horrores el día de la devolución. Podría mirar mis exiguas estanterías y reconocerlos de inmediato en su aparente caos. Los conozco uno a uno por el color o grosor de sus lomos, por el anagrama de la editorial donde han sido publicados o por la razón que sea. Sé donde están y al lado de cuáles. Recuerdo dónde y cuándo los compré, en que época los leí y lo que significaron en el momento de su lectura. Nunca olvido quiénes me los recomendaron o cómo los descubrí, y sé a quién sugeriría su lectura. Están ahí y, cuando presto alguno, no sin dolor, lo anoto de inmediato en mi archivo de salidas. Pero a los pocos días, inconscientemente, me invento la necesidad de consultarlos; voy en su búsqueda y descubro el vacío que han dejado, es entonces cuando un escalofrío me recorre la espalda y me siento incompleto, necesitado de él. Como si me faltara una palabra con la que expresarme, un dato con el que poder armar un discurso, una idea que sin ella la vida pierde su sentido. Porque si se es un verdadero apasionado, un auténtico letra herido y lector compulsivo, entonces de un libro puede amarse hasta el polvo que lo envuelve; mas polvo enamorado que dijo Quevedo. El filósofo Francis Bacon decía “Es imposible amar y ser prudente”. No sin razón, habrán detectado cierta falta de juicio y prudencia al hablar aquí de mi pasión por los libros.

Para terminar, recordaré a Shakespeare cuando puso en boca de Polonio esta pregunta: “¿Qué leéis, señor?”, a lo que Hamlet responde: “Palabras…, palabras…, palabras”. 

Muchas gracias por llegar al final de la maldita lectura de estas palabras.

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17 comentarios to “Maldita lectura”

  1. miguelgajete marzo 13, 2013 a 4:36 pm #

    Nunca habia pensado que se podía escribir tantas cosas interesantes sobre la lectura y los libros. Algunas de las que he leido, las intuía, pero es la primera vez que las veo escritas.

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  2. Francisco Cortés octubre 28, 2013 a 6:38 pm #

    La vida es como una leyenda; no importa que sea larga, sino que éste bien narrada.

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    • luisoj octubre 29, 2013 a 11:05 am #

      En el principio fue el verbo, desde que inventamos el lenguaje somos narradores y a la vez no entendemos el mundo si no nos lo cuentan.

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  3. Antonio Villalobos diciembre 6, 2013 a 11:16 am #

    Me encantó ché, ! Que boludo!!, Mi admirado Carlos Castilla del Pino pensó cuando era joven que cuando trabajase se construiría un refugio subterráneo dentro de su casa adonde sólo se bajase por una escalerita y con una trampilla para cerrar. Allí tendría una mesa , una silla y multitud de libros para leer. Lo hizo en su primera casa en Córdoba. Un recuerdo para Barceló y su genial autorretrato leyendo, y otro para uno de mis grupos preferidos : Stranglers ( genial lo de Freud nunca duerme ).

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    • luisoj diciembre 6, 2013 a 12:11 pm #

      Uno de los autorretratos de Barceló leyendo en una biblioteca se titulaba “Petit amour fou”. Por cierto que le vi pintándolo, y si te fijas está empalmado, como Iñaki..

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      • Antonio Villalobos diciembre 6, 2013 a 4:23 pm #

        Yo me refería a otro, que me parece pertenece al CACMA, pero me he dado cuenta que tiene varios con este tema de los libros. Aunque el que digo está concentrado en la lectura y no en Eros, no hay que fijarse mucho para ver que está empalmado, se ve a la legua. ¿Quién es Iñaki?

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  4. luisoj diciembre 7, 2013 a 12:08 pm #

    Pues Iñaki, el de Palma

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    • Antonio Villalobos diciembre 8, 2013 a 12:41 pm #

      Ahoraaaa…jajaja…

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  5. Juan Gutiérrez diciembre 13, 2013 a 2:47 pm #

    Tras la lectura de esta conferencia me ratifico en lo que te dije en la radio…
    ¡¡Bendita… maldita lectura!!

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    • luisoj diciembre 14, 2013 a 12:20 pm #

      Gracias, Juan, por invitarme a tu programa y por la paciencia en leer la maldición de los libros.

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  6. Daniel Ubertone diciembre 20, 2013 a 10:04 am #

    Tu infinita persistencia en recordarnos las vicisitudes que transitó el libro es comparable a la que tuvo Eva para convencer a Adán de que era necesario leer el libro, ese que le ofrecía la sierpe. Por suerte lo convenció, (…porque ese tío era un hombre débil…), y gracias a su debilidad, nos hemos regocijándo con historias, poesía, relatos, cuentos y lo que sea, escrito o ilustrado…
    Toda fruición siempre será pecado, me encanta tener que confesar la afición por la lectura a cualquier inquisidor… Gracias por tu Maldita lectura…
    No pude ir a la conferencia del Ateneo, pero te leo (que no es lo mismo que escucharte) y disfruto…

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    • luisoj diciembre 20, 2013 a 11:17 am #

      Gracias Daniel por tus palabras. Realmente te eché de menos, pero no se puede tener de todo.

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  7. Miguel García Vázquez diciembre 30, 2013 a 6:24 pm #

    Tampoco pude en esta ocasión ir a la conferencia en el Ateneo, pero conocía el texto, que ahora releo y disfruto…Gracias, Luis, por tus palabras.

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  8. Mónica L. Soler julio 21, 2015 a 10:43 pm #

    Así como Galileo entendía el universo como un libro infinito y Carlyle lo hacía con la historia universal, hablar del libro, es hablar del universo y de la historia universal. Un solo libro abarca ya en sí mismo la infinitud y la eternidad que comparten las otras realidades.
    El concepto de libro de arena (ese que, como la arena, no tiene ni principio ni fin), es atribuible a cualquier libro, en la medida que se convierte en un diálogo sin fin según la manera en que es leído, es decir, apenas que se abre ante los ojos de un nuevo lector, o de la nueva mirada del mismo lector. El libro muta como muta el mundo, la naturaleza, el ser humano, el universo,…; mutan y permanecen. Y esas son sus dos magnánimas cualidades, las que provocan que el lector, al acercarse a él, tenga un viaje exterior en esa mutabilidad, y un viaje interior en la permanencia.
    El libro, o la escritura, que como bien refieres al principio, se hizo para extender la capacidad de la memoria, se convirtió más tarde en un palimpsesto de la historia de la humanidad y en el espejo de cada uno de sus actores, siendo, sin duda, el instrumento más asombroso que ha inventado la humanidad, ese instrumento, como afirma Borges, sin el cual no puedo imaginar mi vida. Ese laberinto capaz de producir emociones, placeres estéticos, de conducirte por multitud de mundos sin necesidad de carreteras, de regalarte veladas de intensas conversaciones con las mentes más extraordinarias, de ofrecerte la posibilidad de compartir y conocer a quienes te llevan mil años para descubrir que somos el mismo.
    Tan sólo el gesto de tomar un libro y abrirlo, dice Borges, es una de las posibilidades de verdadera felicidad que tenemos los seres humanos. … yo, que me figuro el paraíso bajo la especie de una biblioteca.
    No he hecho más que parafrasear a Borges, pero mientras leía tu escrito, no hacía más que recordar todo aquello que Borges me contaba mientras me embargaba la emoción de descubrir que alguien sentía lo mismo que yo. Algo así puedo decir de lo aquí leído. Y como Fernando Fernán Gómez, siempre pienso que la razón más poderosa por la que no quiero dejar esta vida, es por los libros que dejaré sin leer.

    De aquel hidalgo de cetrina y seca
    tez y de heroico afán se conjetura
    que, en víspera perpetua de su aventura,
    no salió nunca de su biblioteca.

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    • luisoj julio 22, 2015 a 8:42 am #

      Tu comentario es más que un post. Gracias, Mónica, por esa cita poética del bienamado Georgie y por engrosar elegante y cualitativamente este blog. (Cuidado con las citas borgeanas, la Kodama no descansa en su cruzada anti-Borges).

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